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Un peculiar 'vía crucis'

Cualquier piloto que presuma de horas de vuelo tendrá, como mucho, una parte infinitesimal de las que yo tengo de tabernas ya sea por la genética de un padre camarero que se manejaba con soltura a ambos lados del mostrador o por la querencia de quien sabe dónde se cuecen las cosas importantes de la vida. También ayudan los muchos amigos que siempre han sido más de acodarse en la barra de un bar que en los pupitres de la Biblioteca Nacional. Qué se le va a hacer. Hubo un tiempo en que me hubiera salido más rentable ubicar una litera en alguna de ellas que pagar el alquiler de la casa. Aún hoy, que ya está uno en condición de bohemio en la reserva, es raro el día que en que no vaya a alguna de ellas y encuentre a alguien, sin cita previa, con quien tomar un vino. En un radio de apenas quinientos metros el ‘vía crucis’, a razón de tan solo una ronda en cada estación, supondría acabar con el hígado presto para ser ya enlatado en un pedido de foie.

Transtienda Transtienda

A pesar de mi exilio de La Latina, barrio de Madrid que no existe como tal pero que, a fuerza de modernetes varios ya se conoce en exceso, sigo cayendo por ahí a menudo aunque, como buen lugareño, siempre en diario o, en su defecto, si es domingo o fiesta de guardar, jamás cruzó ya ese Mississippi en el que se ha convertido la calle Bailén en dirección a la Plaza de los Carros. Es decir, me quedo en La Trastienda, taberna ubicada en la plaza de las Vistillas (Gabriel Miró a efectos administrativos) que se ha convertido desde su apertura en mi primera casa. Nada de aguantar multitudes ni actores y actrices a la busca de su primer casting ni diseñadores con más piercings que talento ni artistas plásticos de vanguardia que suspendieron la plastilina de primaria ni poetas atormentados incapaces de rimar olla con gilipollas ni músicos electrónicos a quienes les ha dado un calambre al intentar enchufar la pandereta. No los he soportado nunca y no creo que ya limítrofe al medio siglo sea la edad adecuada para mantener la atención en bobarras y mediocres. Puede que suene presuntuoso mas, acaso por esa misma edad, como que me la bufa.

trastiendainterior_Antes de ello, hablo de casi treinta años atrás, ir de La Escondida al Café del Mono en la Cava Alta era una delicia. Después de batir récords universales de ingesta de cañas en casa del gran Chicho uno acababa jugando con los colegas a los dados sobre el mostrador del bar de Juanma. Y nos daban las tantas. Y, a veces, como no era suficiente, aguardábamos el amanecer en un tugurio llamado Tara que, de puro ecléctico, no se sabía si era un bar de fritura de calamares o un club de putas. Tampoco estaba uno a esas horas para pedir licencia administrativa alguna. Bien es cierto. Por no hablar de La Soleá que, por su importancia en mi vida, ocupa un lugar preeminente en esta página.

BoqueronesPor el camino quedaban, y en algunos casos quedan, sitios en los que encontrar excelentes vinos y mejores personas como Casa Lucas o la más reciente Perejila o el J.Blanco de la calle Tabernillas donde me habré comido, en términos acumulados, cerca de una tonelada de chuletillas de cordero o el bar de Dani, que se nos fue muy pronto, en la calle Calatrava 11, el mismo inmueble en el que yo viví tres maravillosos años o el Casa Antonio de Puerta Cerrada, hoy cerrado para hacer honor a su ubicación, o el Díaz y Larrouy que regentaron durante años Carlitos y Edu y hoy lo hace el bueno de Segun. Mención aparte para el bar de Tomás, también en la calle Tabernillas, que cerró no hace mucho y que nos ha dejado muy huérfanos a algunos parroquianos como a mi amigo y maestro Rodolfo Serrano que comparte con un servidor esa pasión inquebrantable por la geografía tabernaria. Y que no falte.  

FOTOS: La de la parte superior derecha corresponde a una maravillosa tarde de domingo en que, sin haber quedado como es costumbre, nos juntamos algunos de los 'clásicos' del barrio. En la parte inferior, también a la derecha, aspecto que presentan los 'Boquerones del señor Paco', sin duda los mejores del mundo. Y no discuto cuando tengo razón. Gracias Paco

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