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De caligrafías y libros Bruguera

A uno, que ha echado horas a esto de la literatura, le gustaría contar algo más novelesco sobre su pasión, su vocación o sus fábulas de llegar a ser un gran escritor. Lo mío es más prosaico. De hecho soñaba más con ser Amancio que Baroja. Debe ser por eso que nunca le he concedido mayor importancia que la satisfacción de ver recompensado en un libro el esfuerzo de años de trabajo. No es poca cosa bien es cierto. Aún así, tampoco conviene despojarlo de todo adjetivo porque admito que cuando, allá por la Feria del Libro de 2005, mis entonces editores y hoy también amigos, Susana Veiga, que escribe estupendamente, por cierto, y Gonzalo Torres me dieron el primer ejemplar de ‘Las miserias del héroe’ sentí una inolvidable sensación a medio camino entre el orgullo y la emoción con parada inevitable en una tristeza causada por la ausencia ya de mi padre.

Érase una vezMe ha quedado la gran alegría de tener a mi madre, la misma que, después de despellejarse las manos fregando casas, colegios y escaleras, sacaba tiempo para vigilar las caligrafías Rubio, ella que sólo tuvo ocasión de aprender a leer y a escribir, y unos ahorrillos para comprarnos libros de la editorial Bruguera. Y un ejemplar que aún conservo como oro en paño de una edición de El Quijote de Aguilar (creo recordar) que pronto cumplirá cuarenta años. Eso, que hoy puede parecer un objeto asequible, en aquellos tiempos y en aquella economía familiar suponía un esfuerzo de meses. Gracias a ella me aficioné a leer y sólo así puede llegar uno luego a intentar ir más allá. Es decir, a escribir.

En eso he sido muy afortunado. No es habitual que sea una editorial que acaba de nacer quien se ponga en contacto con alguien que tiene acabada una novela que considera medianamente digna. A mi me pasó con InÉditor. Antes de ello hubo dos novelas. ‘Verbena en el paraíso’, que rematé poco antes de cumplir los treinta, y ‘La luz del sueño’, título que proviene de un sublime poema de Luis García Montero, y que me sirvió en buena parte para alumbrar la segunda novela ya publicada, ‘Un día cualquiera’, a la que, por razones personales, guardo especial cariño. El resto es la modesta historia literaria de alguien que disfruta más cuando lee que cuando escribe pero que conoce pocas sensaciones tan plenas y gozosas, si no sale el sexo a relucir, que encontrar un adjetivo, pulir un verbo, hilvanar las palabras y, por fin, creer que lo que ha escrito puede llegar a emocionar a los demás. En esas estamos. Y desde aquí gracias de corazón a quienes han dedicado parte de su bien más preciado, el tiempo, a leer lo que uno pare.

FOTO: La fotografía corresponde a la presentación de 'Fundido en negro' en septiembre de 2009 y ese grupo de bellas y sonrientes jóvenes son parte de lo más valioso de estos actos: los muchos amigos y gente a la que quieres que se reúne contigo. Gracias a todos de nuevo


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