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Esa pasión inútil

'Dame veneno' era el título provisional de un libro de encargo que, por circunstancias diversas, no llegó a publicarse. Este es el capítulo autobiográfico que introducía una serie de entrevistas en las que se trataba la pasión por el fútbol desde el lado más personal.

Ser revolucionario y del Real Madrid nunca ha sido una tarea fácil. A mí ese desafío se me quedaba pequeño. Yo fui más lejos y me hice revolucionario gracias, o por culpa, nunca se sabe, del Real Madrid. Los años se encargaron de poner las cosas en su sitio: sigo siendo del Madrid. Aquella mañana de Sábado Santo de finales de los setenta, un día luminoso de primavera que alumbró la legalización del partido comunista iba en la camioneta, germen de lo que fuera el autobús, con mi tío Nino camino de la Ciudad Deportiva. Todos los sábados y domingos por la mañana mi tío, que en la tribuna preferente de la gloria esté, se acercaba a mi casa desde su piso del Barrio del Pilar, me recogía y me llevaba a ver a los chavales como él los llamaba con la familiaridad de quien les veía crecer desde los campos de tierra hasta que los elegidos para la gloria pisaban el santuario del Santiago Bernabéu. Él, de alguna manera, se sentía cómplice de ese éxito y presumía de ello aunque, como buen forofo, jamás se sintió partícipe de sus fracasos. Ya saben, cuando ganan ganamos todos, cuando pierden, pierden ellos y además son unos vagos y unos peseteros. Esa es una de las leyes fundamentales del madridismo que yo suscribo de principio a fin. Faltaría más.

DAME VENENO DAME VENENO

Estas dos fotografías están tomadas en los jardines de nuestra mansión victoriana de Peña Chica (en concreto era la de la izquierda) y evidencian que, a pesar de que la gorra me dotaba de cierto aspecto de churrero, mi pasión ya latía a edad tan temprana. El dibujo de la bandera es totalmente original y estaba realizado con resecos rotuladores Carioca que precisaban ser salivados en su punta

Mucho antes de ser testigo directo, allá por ese Sábado Santo de abril del año 1977, de ese ondear de banderas rojas del PCE a las puertas del antiguo cine del Barrio del Pilar que tanto me impresionó yo ya contaba con amplia experiencia como forofo. Digamos que fui una especie de Mozart del ‘forofismo’. Él daba sus primeros conciertos a la edad de seis años y yo, a esa misma edad, ya me desgañitaba en primera línea de fuego del fondo norte junto a otros diminutos hinchas. Un futuro hooligan, versión pacífica por supuesto, comenzaba a poseer ni diminuta anatomía. Distinta vocación a la de Mozart. Distintos estilos musicales. En aquellos años no sólo no había vallas si no que era común saltar al césped a abrazar a nuestros guerreros. También lo era que las peñas de fuera de Madrid nos obsequiaran con unos pellizcos de sus bocadillos gigantescos que transportaban sobre tablones de madera de varios metros de largo. A los niños, por riguroso orden de estatura, nos colocaban en primera fila detrás de las porterías, la zona reservada a los socios de a pie. Mi tío lo era y quien no lo supiera tenía delito porque presumía más del carnet que de la foto de su hijo. Mi primo Javier, socio desde que nació, y con quien compartí muchas tardes de gloria y algún que otro drama. Todavía guardo en una caja de zapatos en la que se amontonan los fotogramas de mis nostalgias una foto de los dos arrodillados en la alfombra de la alcoba ante la radio oyendo un partido con la misma devoción que si en vez de un aparato de pilas fuese el Santo Grial. Las derrotas se saldaban con un ayuno voluntario en la cena que a mi madre le sacaba de quicio pese al ahorro que suponía. Si el Madrid perdía yo no cenaba. Esa norma era inquebrantable. Excuso decir que me crié lustroso y con algo de sobrepeso y que si, por ejemplo, me hubiera decantado por el Atleti a buen seguro hubiera sufrido episodios de anemia de haber seguido con esa manía. Con los años he perdido esa costumbre aunque he de confesar que más de una vez parte de mi cena ha estallado contra la pantalla del televisor a causa de una ocasión fallada. En concreto, me viene a la memoria un Mallorca-Madrid en el que, para estupor de mis colegas, la mayoría hostiles a mi equipo, un pedazo de lomo, muy sabroso por cierto, fue a parar a una de las esquinas del receptor dejando un lamparón de grasa a la altura del corner. Así es uno, salvaje y sentimental, que diría el gran escritor y no menos gran madridista Javier Marías.


Si alguien se escandaliza por la economía de espacio que hay en los vagones del Metro de Tokio es que no ha vivido los buenos tiempos del Bernabéu cuando era un estadio de fútbol y no una mezcla de bar pijo y sede de multinacional. Muy cómodo, muy cuco, pero no es lo mismo. Ahora que uno lo piensa se da cuenta del peligro que corrían nuestras tiernas barriguitas (todavía liberadas de los muchos litros de de cerveza venideros) de quedar aplastadas contra los anuncios del Cola Cao. Claro que entonces el único peligro que vislumbrábamos era cuando atacaban nuestra portería y emulábamos con nuestros deditos infantiles la pistola de Gary Cooper para fulminar a nuestro enemigo ¡Pium, pium! No recuerdo, y bien que lo lamento, el primer partido que ví pero sí que fue apenas un año después de que el Madrid ye-ye se alzara con la Sexta Copa de Europa, la de las grandes orejas. No tengo ninguna imagen de ese partido en blanco y negro. Era muy pequeño. Recalco lo de blanco y negro porque bien que nos los restregaron durante los más de treinta años de sequía. “Y el Madrid qué, ¿campeón de Europa?” Pues sí, abuelo, pues sí. Por supuesto que luego he tenido oportunidad de ver aquella final del año 1966. Allí estaba uno de mis primeros mitos. Amancio Amaro Varela, uno de mis ‘sietes’ preferidos, junto a Emilio Butragueño, Juan Gómez ‘Juanito Maravilla’ y al gran Raúl González Blanco.


 Amancio me fascinaba por sus regates. Yo era de natural chupón y esa escuela es la que me atraía. Cuando vi a Maradona, el jugador más inmenso que ha pisado y pisará el césped de cualquier campo (no discuto de este asunto porque acostumbro a no hacerlo cuando tengo razón) me quedé absolutamente boquiabierto. Digo mal. A Maradona no se le ve, se le contempla. A poder ser, hincado de rodillas. Todavía hoy atesoro en un dvd algunas de sus mejores jugadas y sus geniales goles. Cuantas más veces lo veo más me reafirmo en mi admiración y en mi seguridad sobre la imposibilidad de que tenga un sucesor. El gol que le metió a Inglaterra en el Mundial 86 aún me eriza el vello. Fue el más grande y punto. Como sostiene Benjamín Prado, también insigne hincha, en su juego había poesía y casi todos sus versos riman con maravilloso. Ahora, con el manto protector de los años, he de confesar que yo fui uno de los muchos que aplaudimos un gol que nos metió con el Barça y que antes de consumar adornó junto al mismísimo poste con un recorte a nuestro recio defensa Juan José (Sandokán para nosotros) que todavía debe andar buscándole. Si hay alguna espina que cualquier buen madridista tiene es no haberle visto vestir la zamarra blanca. Qué bien le hubiera quedado. Grande Diego.


En el año 1995, con motivo de un viaje de trabajo, aterricé en Buenos Aires. Ante la amenaza de una simpática señorita para llevarnos a un grupo de periodistas a cebarnos en una apasionante barbacoa en un Club Náutico ─uno de los sueños de mi vida sin duda─ me liberé como pude de ese compromiso y me planté yo solo, previo viaje en bus, en el barrio de la Boca. A pesar de las advertencias de la joven sobre los peligros de la zona (se debía pensar que yo había crecido entre príncipes y marqueses) me acerqué a La Bombonera. A punto estuve de santiguarme con la misma fe que los niños del milagro de Fátima y eso que sólo pude verlo por el exterior porque estaba cerrado. Apenas tuve tiempo de hablar con un docto porteño, de fútbol, claro, comprar una camiseta con el diez a la espalda y una gorra que regalé a un amigo del Atleti. Para que luego digan que no ejerzo la acción social. Si soy un santo.

La remontada al Derby County

Boca supura fútbol por cada una de sus calles, en cada una de sus tapias decoradas con dibujos de Diego y consignas de los ‘xeneizes’ (así se llama a los hinchas de este equipo al parecer, según me contaron, por una derivación de genoveses, los primeros emigrantes que llegaron a la boca del río de la Plata). En cada uno de sus patios ocupados por chavales de aspecto descuidado pero de habilidad asombrosa huele a fútbol y a pasión. En esa misma estancia se nos propuso un día después, entre las actividades de ocio, asistir a una ópera al Teatro Colón o asistir al palco del estadio de ‘Ferro’ Oeste que se enfrentaba precisamente a Boca. Como siempre he tenido a gala ejercer mi forofismo, incluso en los tiempos que casi era obligatorio adherirse con un velcro un libro indigesto pero intelectualoide debajo de la sobaquera, no oculté que, para mí, la resolución del dilema no me llevaría ni medio segundo. En mi caso la pasión por el fútbol es proporcional al tedio que me produce el noble arte de la ópera. No presumo de ello, simplemente así es y así se lo he contado.

En la épica remontada contra el Derby County fue la única vez que acudí con mi padre al Santiago Bernabéu. Mi padre fue un converso. Vivió en su juventud la gloria de ese Athletic de Bilbao que los viejos del lugar recitan de carrerilla (aquella delantera compuesta por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Piru Gainza) y se hizo hincha rojiblanco hasta que, emigrados a Madrid en busca de algún futuro, comulgó con la religión merengue. Nunca le tuve en cuenta esas debilidades de mocedad. Frente al televisor éramos una piña. Todavía oigo los gritos de gol, siento los saltos y los abrazos, intuyo las carreras de mi madre asustada por la algarabía y eso que ya han pasado muchos años desde que padre nos dejó. Como exigía nuestra condición social las entradas para ese partido europeo eran de gallinero aunque a nosotros nos parecía estar casi corriendo la banda. Allí nos presentamos horas antes, con los bocatas metidos en bolsas de plástico, puro chicle a la hora de su ingesta, junto a un par de amigos de mi padre, Federico y Juan el Mudo, así apodado porque, como dijera el gran Groucho Marx, por su verborrea parecía que le habían vacunado con la aguja de un tocadiscos.


Antes de ese acontecimiento había estado una semana pintando con los rotuladores Carioca el escudo en un trozo de sábana vieja que mi madre me había proporcionado. Recuerdo que lo jaloné con dos laureles para darle mayor empaque y escribí debajo un ¡Hala Madrid! escasamente original pero bien contundente. Fue mi primera bandera. Creo que aún conservo una foto con ella y con una gorra que me dota de un aspecto de churrero envidiable. Mi madre. Una santa. Como se le daba bien bordar pues allí estaba ella con el bastidor dando puntadas a una bandera más de tronío o cortándome con una hoja de sierra oxidada un mástil de la barra de las cortinas. Dejándose la vista después de haberse dejado las rodillas fregando escaleras. Qué grande es la señora Concha. Todavía hoy me llama después de las derrotas y no para tocarme las narices (seamos políticamente correctos) como se acostumbra en todo barrio que se precie. Ella sufre por empatía. Más que por tenerme soltero a estas edades. El estandarte bordado lo estrené en un Madrid-Barça cuando ya era socio del club de mis amores. No crean que fue fácil entrar. Mi madre asistía en la casa de los señores Blanco (casualidades de la vida) y el señor Blanco había ejercido de árbitro y guardaba buenos contactos. Entre ellos el de don Antonio Calderón, entonces gerente del club, quien posibilitó que me aceptaran como socio con el número 64.430 que luego, con gran orgullo, rebajaría hasta el 34.418 (me acuerdo de memoria y han pasado casi treinta años). Hay días emotivos en la vida. Con diferencia, el primer abrazo de mi sobrino Manuel recién llegado de Brasil con apenas un año fue uno de ellos, pero también el tacto y el olor de mi primera novela publicada, la primera vez en que mi perro Bruno levantó su patita para miccionar y, por supuesto, mi estreno como socio del Madrid con pleno derecho a vociferarles peseteros o incluso con derecho a aplaudirles si fuese estrictamente necesario. El elogio es un artículo de lujo en el Bernabéu. El tendido 7 del balompié.


Como me avergonzaba ir con mi nueva y flamante bandera en el autobús, me metía la tela de raso cuidadosamente doblada en la cintura sin reparar en que ir sólo con  la barra por la calle se antojaba aún más ridículo. Cosas de la adolescencia. El 5-1 al Derby County, allá por el año 75, pocos días antes de la muerte de Franco, un alegrón más que celebré con efectos retardados, marcó el inició de lo que luego Jorge Valdano calificaría de ‘miedo escénico’; las grandes remontadas de los ochenta que tuve la suerte de vivir en el campo y que a punto estuvieron de costarme un serio problema de salud y de pareja. Ya les contaré. La hazaña contra los ingleses también tuvo sus consecuencias. Al día siguiente llegué a la escuela con una afonía total. Eso sí, fui capaz de esforzarme para presumir de cuál era el motivo de esa dolencia. Había estado en el Bernabéu. Casi mudo y enteramente orgulloso. Las catastróficas consecuencias para la salud de nuestro apasionamiento por el fútbol las sufrió en sus propias carnes mi tío Nino. Con motivo del Mundial 82 estaba convaleciente de una primera operación quirúrgica. Durante el partido contra Irlanda del Norte los nervios nos atenazaban. Zamora, jugador de la Real Sociedad, logró por fin con su gol que la euforia se desatara. No sólo la euforia. El salto de mi tío provocó que se le descosieran los puntos de la operación y hubo que ingresarle de nuevo en el hospital. Fue una cicatriz inútil: España hizo el ridículo.


Acaso fuesen esos aires de comunismo que había respirado aquella mañana de Sábado Santo los culpables de que mi carnet se convirtiera en un bien de uso común entre los colegas del barrio. Aquello de personal e intransferible no acabábamos de entenderlo. Sobre todo ellos ya que a mí sólo pensar en que podían retirar el carnet por ese engaño me descomponía. Claro que más me atemorizaba quedar como un mal colega. Las leyes de arrabal están para cumplirlas. Sin saberlo, éramos firmes defensores del socialismo real con todas sus consecuencias. Únicamente con nuestras novias, y no siempre, se respetaba el derecho a la privacidad. En aquellos tiempos colarse en el fútbol era un reto equiparable en la actualidad al de aprobar un máster en Economía Comparada. Eso sí, mucho más divertido. El desafío de nuestras madres era meternos de ordenanzas en un banco. Al parecer estaba científicamente demostrado que acababas de director de sucursal. No sé de dónde se sacarían ese cuento. Una tarde de domingo entré con mi carnet de socio, subí al primer anfiteatro y desde allí tiré el salvoconducto a un par de amiguetes que esperaban en la acera para entrar. Uno lo haría con el pulgar apretado sobre la foto para que no se percatara el portero de que se parecía a mí lo mismo que un huevo a una castaña y el otro, agazapado detrás, lo haría por el tradicional método del empujón y, llegado el caso, por el de pies para que os quiero (para correr, claro). Al ver caer el carnet desde el balconcillo, dos policías se dirigieron corriendo y lo pisaron. El Gallina y el Boina (como ven me codeaba con la alta sociedad de la época) se quedaron pálidos y demudados. Yo prácticamente disecado no tanto porque acabaran en comisaría (la verdad es que en esos momentos me importaba una higa la suerte que corrieran) como por ser desterrado del coliseo de Concha Espina después de haber comprometido a mi madre y haber añadido un gasto. Al levantar el pie y comprobar que no era ninguna cartera sustraída a algún espectador sino simplemente una treta para ver el partido por la filosa les dieron vía libre para actuar sin ni siquiera amonestarles. Dos amables policías en unos aciagos tiempos en que te podías ganar fácilmente dos guantazos, uno por qué sí y otro por qué no, por el simple hecho de salir a la calle y musitar un juramento. A pesar de la comprensión de las Fuerzas de Seguridad del Estado, desde aquella tarde preferí quedar como un mal amigo que como un ex socio y dejé de correr esos riesgos.


No sé con exactitud de dónde proviene mi vocación literaria, pero el fútbol no fue ajeno a ella. Mis primeros ‘poemas’, admito que tan deficientes como sentidos, aludían a nuestros ídolos de entonces. A mediados de los setenta llegaron al Madrid un alemanote de rubias melenas, Günter Netzer, y un pequeño extremo zurdo argentino, Óscar ‘Pinino’ Mas. Netzer venía en parte a ocupar el enorme hueco que dejaría en la alineación Manolo Velázquez pocos años después de su llegada. Era un jugador de escuadra y cartabón, poderosa zancada, la propia de un teutón que gastaba un cuarenta y siete de pié, y pase milimétrico. Un alemán que daría paso más tarde a otros compatriotas como Paul Breitner y el grandísimo ¡Uli, Uli! Stielike; para mí, junto a Roberto Carlos, uno de los mejores jugadores extranjeros que han pasado por nuestro estadio y que yo haya podido ver en todo su esplendor. Dicen que Uli fue el último fichaje de don Santiago y que se fijó en él por su mala leche. Además de eso tenía muchas más cosas.

Mi carrera ‘profesional’

 Cuando Juanito y él se enzarzaron años después en una desagradable trifulca, provocada por el genial malagueño, me sentí francamente mal, con la desazón que provoca tener dos amores a la vez y no estar loco. El paso de Pinino fue más sigiloso y fugaz pero a mí me gustaba Pinino porque regateaba y eso era lo mío. Cuando Netzer y Mas coincidieron en el Madrid yo les dediqué una pequeña oda que escribí en el póster central del ‘As Color’ que, por aquella época, se distribuía semanalmente. ‘Con Netzer y Mas, a la mierda los demás’. Como les decía no se me podía considerar una joven promesa de la poesía española. Su calidad es más que dudosa, pero el contenido es de una nitidez asombrosa. Cuando con los años mejoré, o eso espero, mis aptitudes literarias introduje en mi primera novela varias referencias futbolísticas, una de ellas a una mítica foto de don Alfredo di Stefano junto a las Copas de Europa y otra de Paco Gento con las seis de las que puede presumir. Por cierto, aunque durante poco tiempo, yo también puedo presumir de haber llegado a ver en el campo a la ‘Galerna del Cantábrico’.

Dicen que el fútbol embrutece. En mi barrio no era necesario. Veníamos así de fábrica. Es más, durante las muchas horas que pasábamos dando patadas al balón y a las espinillas ajenas los gatos y gorriones de aquel habitat barriobajero respiraban aliviados ¡De cuántas denuncias de Greenpeace nos habremos librado! La crueldad de la niñez. Ya saben. Sólo con el paso de los años uno se da cuenta de que el primer amor es más importante que el primer balón de reglamento. No siempre, bien es cierto. Los balones suelen durar más. El mío fue un clásico. Con hexágonos blancos y negros. Lo malo fue que la ilusión por tener ese tesoro era directamente proporcional al temor a que perdiera su virginidad por los terruños de Peña Chica. Por eso sólo lo compartía cuando la batalla entre peloteros se libraba en el campo de hierba. En los partidos de escasa relevancia o en los ‘goles regañaos’ usábamos el llamado pepino y que venía a ser algo parecido a un esférico, normalmente descosido y con la goma de la cámara asomando como un globo de chicle. El campo de hierba estaba más lejos pero gozaba de unos matorrales y diminutos islotes de césped asilvestrado que, tamizados por nuestra imaginación, lo convertían casi en el mismo Maracaná. También tenía notables archipiélagos de cagarrutas de ovejas que por aquel entonces devoraban la poca vegetación que nos quedaba. Más de una vez nos vimos obligados a suspender el ‘match’ por invasión de ganado ovino. Menos mal que la UEFA no llegó a cerrarnos el campo a causa de estos incidentes. Excuso decir que el balón, al segundo encuentro en la cumbre, ya había adquirido una uniforme tonalidad marrón y los colores habían desaparecido. Ser dueño del balón no era un asunto baladí. No era sólo el objeto que nos permitía jugar. Era el anillo que te daba el poder. Si el balón era tuyo elegías a los mejores, dejabas al rival que se apañara con los más tuercebotas e incluso condenabas al duro banquillo a tus enemigos siempre y cuando su corpulencia así lo aconsejase. En ese campo fue donde ubicamos por primera vez unas porterías.

Hartos de terminar en batalla campal por falta de referencias geométricas optamos por despistar de una obra cercana el material que zanjase las polémicas. Hasta ese día las carteras colegiales y los abrigos marcaban la longitud de la portería a ras de suelo pero el problema venía cuando se polemizaba sobre si había dado en un poste que no existía o por encima de un larguero también invisible. Dos maderos redondeados y de la misma longitud que tomamos prestados de un edificio en construcción paliaron en parte la guerra futbolística. Sin embargo, en una zona de natural belicosa nunca costaba demasiado encontrar un motivo para la greña. Faltaba el larguero y, por tanto, las peleas seguían siendo prácticamente las mismas cuando el balón se elevaba (o no, esa era la duda) más allá de lo reglamentario. Claro que en el barrio atizarse era una actividad de lo más común. Otra tradición era la llamada ‘drea’ que, en síntesis, consistía en tirarnos piedras unos a otros sin que fuese necesaria una razón que justificase semejante batalla. Sencillamente nos reíamos hasta con la cabeza abierta como una hucha del Domund. Digamos que fue el precedente de las guerras preventivas. En la actualidad nos definirían como chavales hiperactivos, entonces éramos simplemente unos cabroncetes. Como tampoco se estilaban los psicólogos nuestras madres utilizaban la fundamentada terapia del zapatillazo en el trasero. Y escocía, vaya que si escocía.


Yo he llegado a ser testigo de una virulenta reyerta entre dos colegas por hacerse con la pava de un cigarrillo del suelo. Eso sí, cuando las agresiones eran externas y algún macarrilla de allende el arrabal se las tenía tiesas con alguien del barrio los mismos que eran minutos antes enconados enemigos se tornaban los más fieles aliados. Todo fuera por la defensa de nuestra patria de ortigas y barro. No les digo nada cuando la guerra se llevaba a las explanadas y mediaba un balón. Por supuesto las espinilleras eran un artículo de lujo y acabábamos con tantos moratones que parecíamos una camada de dálmatas. Lo de menos era el resultado en el marcador. Ganásemos o perdiésemos nos íbamos a inflar igual a botellines y ‘toreras’ en el quiosco de la Benita. Luego nos dedicábamos uno a uno a cruzar a paso de tortuga un paso de cebra cercano para encabronar a los conductores. Hay que tener en cuenta que todavía no había playstations y las diversiones eran otras. Si hubieran arbitrado controles antidoping no nos hubieran dejado ni jugar a las chapas durante siglos. Más que del juego desplegado fardábamos del parte de guerra. Habitualmente más que narrar con aspavientos un toque, un chut o un taconazo alardeábamos de haber dado buena cuenta de los tobillos del enemigo mientras alguno amenizaba la narración con el eco grosero de un regüeldo. En nuestro descargo diré que desconocíamos el ‘fair play’. Nunca se nos dio bien el inglés. Sólo enumerar a algunos de los componentes de la alineación delata el grado de asilvestramiento de aquella tropa. En la categoría cadete, aún un chavalín, compartía equipo con el Chino, el Tote, el Rufus, el Mocorruso o Luismi el Cabezón. Muchos pasaron por la cárcel y algunos murieron de mala manera sin saber muy bien qué significaba la palabra futuro. Con alguno de ellos organizamos en el 74 un Mundial alternativo al de Alemania. En el patio de la señora Julia (qué buenas estaban las ciruelas que despistábamos de sus árboles con su disimulada complicidad) construimos un campo de cemento de un metro de largo, pintamos con tiza las rayas reglamentarias y con unas cestas de plástico destinadas a guardar cerezas y convenientemente cortadas por la mitad fabricamos las porterías. Con los chapines de Martini y Cinzano y las fotos de los jugadores recortadas de los cromos alumbramos un inolvidable Mundial de chapas. Un garbanzo nos sirvió para emular a Torpedo Muller, un tipo que tenía el culo limítrofe con los talones, o a Cruyff, enorme jugador que fue culpable de una de las dos debilidades que he tenido en mi vida hacia el eterno rival. A punto estuve de pedirme para Reyes una camiseta del Barça con el 9. La otra fue cuando me estremecí al oír a Serrat cantar en el centenario el himno culé en un Camp Nou abarrotado. Ahí tienen estas dos grandes revelaciones. Soy hombre débil, lo sé. Nuestra felicidad, como ven por nuestro campeonato de chapas, salía bien barata. Ya en la etapa juvenil los colegas fueron sustituidos por el Gallina, el Boris, el Dientes, los hermanos Andreu, el Boina, el  Chepa, el Quiqui o el Coyote. El mote de Cabezón, en estos tiempos, ya lo había heredado un servidor.


España, en el albor de los ochenta, había prosperado. Nuestra competición no fue ajena a ese bienestar hasta el punto que logramos presentarnos todos con la misma indumentaria en la Liga del barrio. La dispersión en la vestimenta era muy a menudo la causa del reparto de efectivos. Los de blanco o color más o menos claro para un lado y los de oscuro para el otro. Una selección tan arbitraria como algunas confeccionadas por nuestros entrenadores nacionales. Todo sea dicho con ánimo de ofender. Por supuesto las botas fueron durante mucho tiempo un elemento casi exótico. La puntera de los zapatos Gorila y los moratones en los dedos previo chutazo con las sandalias daban fe de esta carencia. No les digo nada de las botas con tacos recambiables. Esa era uno de nuestras mayores ilusiones sólo superada por ver las bragas a las muchachas. Claro que no eran para nada incompatibles. De hecho cuando las niñas se sentaban a vernos a la orilla del campo con sus faldas tableadas y sus calcetines blancos había más que palabras para jugar de extremo. Las primeras botas de seis tacos que tuve eran unas adidas de segunda mano (de segundo pie para ser más exacto). Con la intención de presumir ante los colegas las puse con los ahorrillos unos tacos de aluminio. Lo más de lo más. Olvidé que cada material se ahormaba a un terreno y que el refinado metal se reservaba para jugar en tapices de césped y no en terruños resecos salpicados de piedras del tamaño de sandías. Una tarde de verano el recalentamiento de mis pinreles fue tal que más que emular a Amancio me daba un aire a Juana de Arco en la misma hoguera. Tuve que volver con la cabeza gacha a las botas de suela negra y proletaria entre el aluvión de burlas, bien merecidas por fantoche, de mis entrañables colegas. Las últimas botas que tuve me las costeó a medias el club al que pertenecía entonces, el Racing Bellver de Tetuán. Ha sido la única rentabilidad económica que le he sacado al fútbol. Eso y algunos ‘minis’ de cerveza y raciones de bravas como prima extraordinaria de la directiva.

Me llevan los demonios cuando oigo quejas de los ‘millonetis’ del fútbol por la exigencia de su trabajo. Ya saben. Que si la temporada está muy cargada. Que si el calendario es muy duro. Que si el esfuerzo del miércoles nos ha pasado factura. En fin. Nuestra temporada sí que estaba cargada. Y eso sin entrenador titulado ni fisio ni utillero ni psicólogo ni gimnasio ni viajes en primera ni dieta equilibrada ni concentraciones en hoteles de lujo. Nada más que el empuje de nuestra afición y nuestras fantasías. Nada más y nada menos. Puede que para quien no esté contaminado por este veneno sea una necedad, pero he perdido la cuenta de las veces que he soñado meter un gol con el Bernabéu a reventar. De cabeza y en plancha. Como Santillana, uno de mis ídolos y también culpable de que a punto estuviera de darme un ataque al corazón. O de espaldas y de tacón como uno que metió don Alfredo di Stefano. A lo máximo que llegué fue a dejarme en el intento las rodillas con más costras que un penitente. No hay que olvidar que a los partidos del barrio se sumaban los escolares. Mi profesor de gimnasia, don Antonio, era sargento del ejército y, por tanto, excuso detallar cuáles eran los ejes de su labor pedagógica. Pescozones, capones, arrastre de la patilla con el dedo pulgar y disciplina, mucha disciplina. Aún me asombro de comprobar cómo he podido preservar los atributos propios de mi masculinidad y no haberlos dejado estampados contra el potro o en el plimton en uno de mis torpes saltos.


El fútbol era nuestro oxígeno ante tanta presión para convertirnos en españoles de bien. En el colegio no había campo ni canchas ni nada más que un patio polvoriento en el que esculpíamos nuestros púberes cuerpos. En diario cualquier rincón nos valía para dar unos chutazos pero hasta el sábado no llegaba nuestra gran cita: a las diez en la fuente. No pongo en duda la belleza de la Fontana di Trevi pero si hay un chorrillo de agua que haya marcado mi vida fue la fuente de la calle Jerónima Llorente esquina con la calle Rodón. Allí nos personábamos para ir hasta la Dehesa de la Villa no sin antes chequear el estado del balón que inflábamos y untábamos de grasa de caballo en una tienda de Curtidos muy cercana. Si alguien quiere encontrar la influencia del cubismo y los movimientos de vanguardia en el deporte rey sólo tiene que ver en qué superficies éramos capaces de jugar con el mismo ímpetu que si estuviéramos en un Mundial. No había manera de encontrar un lugar medianamente rectangular por no hablar de que, aparte de esquivar a los rudos defensas, también tenías que hacerlo con los frondosos pinos que ornamentaban la cancha. Para quien no levantara la cabeza, uno de los errores más comunes en el fútbol, eran su mayor enemigo. Más de uno dejó sus dientes junto a un corazón atravesado por una flecha y unas iniciales grabadas en su tronco.


Aún así aquellas mañanas han pasado a ocupar un sitio principal en la trastienda de mi memoria. Las contiendas con los compañeros del colegio eran casi como bailar un vals en comparación con las del barrio. Algunos de ellos han llegado a ser incluso personas de provecho. No hablo por mí, claro está. Aún así las disputas se iniciaban antes de sacar del presunto centro geométrico de aquel campo abstracto. En concreto cuando ‘echábamos a piés’ el reparto de los jugadores. Imagino que conocen la técnica. Quien primero cruzaba el pie entre las punteras de los capitanes elegía y se llevaba al mejor. Es decir, hasta que llegaron otros a poner en entredicho su cetro, a López, que no sólo jugaba bien sino que corría como un maldito. Esa era mi asignatura pendiente. A mi me molaba más ser pinturero y dar el último toque para impresionar, pero correr era de cobardes y de malos toreros. Eso en condiciones meteorológicas óptimas. No les digo nada cuando en el barrio había que pugnar por un esférico abocado a aterrizar en un charco y un servidor y mi amigo del alma Jose el Gallina (no se lo pusimos por esta evidente falta de valentía) nos apartábamos para no manchar nuestra impoluta equipación. Era entonces cuando los raciales Boris o Carlos el Morros nos apartaban sin contemplaciones de un manotazo para despejar y mentaban de manera simultánea a nuestras madres para poner en entredicho su reputación. Acababan como soldados después del desembarco de Normandia. Al Gallina y a mí, como mucho, el barro nos llegaba a los tobillos. Después del partido, entre truja y truja que nos fumábamos, nos caía una bronca sideral que nunca sirvió para reconducir nuestra vocación estética. Únicamente nos valía para descojonarnos de risa hasta lograr que todos se contagiasen. Eso sí, hasta que nos hicimos ‘profesionales’. Ya les diré cómo acabamos.


La Champions del colegio se organizaba de Pascuas a Ramos en el mítico estadio de San Federico. Campo rectangular de tierra, rayas de cal medianamente rectas, porterías con red, una pequeña valla alrededor y hasta vestuarios. Háganse una idea. De comer chopped a hartarnos de caviar de Beluga. Claro que estos eventos  tenían un carácter extraordinario ya que precisaban de una colecta previa entre los jugadores para alquilar la cancha y tampoco estábamos muy dispuestos a prescindir con asiduidad de las trenzas o los tigretones del recreo. En ocasiones jugábamos contra los chicos de nuestro propio colegio que tenían la suerte de estar en el aula mixta. Solían ser los más estudiosos y refinados. El resto les envidiábamos porque en cualquier descuido podían intuir los muslos de las chicas cuando salían a la pizarra o ver la tirilla del sujetador de alguna de ellas y eso, en aquellos tiempos, se antojaba toda una provocación erótica. Sólo nos quedaba el fútbol para demostrar a las muchachas por qué esos tipos estaban pupitre con pupitre junto a ellas. Evidentemente porque eran unos blandos y unos afeminados. Sus tobillos iban a dejar constancia de ello en cuanto el balón se pusiese en movimiento.

A las cuatro en el banco

Las duchas del vestuario eran colectivas y buena parte de la charla técnica se nos iba en mofarnos del tamaño del apéndice propio de nuestra condición de varones. Algunos acomplejados pasaron por el colegio y su equipo sin desvelar sus centímetros. Siempre tenían demasiado prisa para ducharse y nosotros no menos prisa para colgarles el clásico ‘fulanito no tiene pilila’ o, en su defecto, que ésta dejaba mucho que desear. Rumor que, de manera inmediata, era propalado entre las muchachas. Cuando el partido era contra equipos de otros colegios, la asistencia de nuestras groopies de falda tableada y jersey de pico revolucionaba las alineaciones y el reparto de funciones. Por ejemplo, si Paloma, una moza de la que yo andaba enamoriscado, venía a vernos yo debía jugar de extremo para tenerla cerca y que ella pudiera apreciar el sudor de su héroe. Ya he dicho que esta exigencia se mantuvo con los años aunque en esta etapa de mi vida obedecía a un sentimiento puro que no tardé mucho en desterrar en aras del deseo más animal. Al fin y al cabo casi todas estaban enamoradas de Estrada que, para qué negarlo, era guapete pero (la Naturaleza no podía ser tan cruel) no tenía ni puñetera idea de jugar al fútbol. Él iba de entrenador. Sus instrucciones se limitaban a instar a los delanteros a que al menor contacto en el área nos tiráramos en busca de un penalti. En el fútbol actual hubiera llegado lejos. Para mi era un recurso de uso habitual sin que nadie me lo aconsejara. Si me quitaban el balón o protestaba al árbitro (en realidad a nadie porque no lo había) o me tiraba al suelo. Más o menos como algún titular del Real Madrid que omitiré pero sin cobrar una peseta. Cualquier cosa valía para epatar a Paloma siempre y cuando me viera y no estuviera embelesada con el ligón de Estrada que por aquel entonces jugaba al waterpolo. Ya eran ganas de llamar la atención en un país en el que no ahogarse en un pilón ya constituía toda una hazaña. Aún hoy no sé ni nadar.

 Si la fuente fue un hito de mi adolescencia, el banco no le fue a la zaga. No era un banco cualquiera. Era toda una entidad financiera de la calle Jerónima Llorente diseñada con un poyete de mármol en el que nos sentábamos a fumar los primeros cigarros antes de entrar a la jornada diurna del colegio. A diario nos reuníamos la pandilla a hablar de chicas y fútbol. De lo primero no teníamos ni idea y de lo segundo creíamos saber más que nadie. Unas convicciones que no han cambiado con el mudar del calendario. Sólo los tiempos de efervescencia política de finales de los setenta interfirieron estos hábitos y se colaron primero como un viento fresco y luego como una tempestad de desilusión y hastío. Eso sí, por unos años supimos que había partidos más allá del Bernabéu.


En domingo, el banco era el lugar en el que me citaba con mis amigos Tinín y Jesús García Mesuro para ir juntos al campo incluso años después de haber abandonado el colegio Rodón. A las cuatro en el banco. Esa contraseña de agente secreto bastaba como prólogo de una tarde de fiesta. Cuánto se echa de menos. El camino calle Ávila abajo hasta llegar a la ancha avenida que desembocaba en el templo pagano del madridismo. Los tenderetes de bufandas y banderas, los puestos de pipas y gominolas, el hombre embutido en una chaquetilla blanca que expendía chupitos de coñac Fundador, los reventas que te cuchicheaban en los grandes partidos unas cifras astronómicas que parecían números de teléfono. De los tres yo era, y creo que sigo siendo, el más vehemente aunque Tinín, hoy don Laurentino José Mecerreyes Jimenez, eminente psicólogo, sigue siendo socio y lleva a sus hijos a que se empapen del lugar dónde pasamos algunos de los mejores ratos de nuestra vida abandonados a esta pasión inútil. Hace poco nos reencontramos después de siglos de desconexión. Casi no nos habíamos acabado de preguntar por el estado de nuestras familias cuando ya estábamos echando pestes de Capello (al final le echaron con la Liga bajo el brazo; ese es mi Madrid). Quien tuvo retuvo. Fueron demasiadas tardes de alegría, demasiado humo de puro alojado de manera involuntaria en nuestros pulmones, muchos bocatas en los descansos, muchas uñas y padrastros de los dedos dejados sobre el cemento de las gradas como para olvidar que el fútbol apuntaló nuestra amistad y nos hizo muy dichosos.
Con ellos dos compartí muchísimos domingos y miércoles europeos y con ellos, como no podía ser menos, compartí algunas de las anécdotas más sabrosas que me asaltan la memoria. Una de ellas en un clásico Madrid-Inter. Mediados de los años ochenta. Exterior noche. El Bernabéu a reventar. Fondo Sur de pie. Un buen señor ofrece con inusitada alegría a la concurrencia una porción de su monumental bocata antes de comenzar el partido. Esa rara costumbre, pues todo el mundo sabe que la ingesta se reserva para el intermedio, ya nos escama por delatar su bisoñería en estas lides. El hombre no ceja en su empeño y desde la profundidad de una estatura francamente mejorable en centímetros insiste en cebarnos a su costa.


El comienzo del partido interrumpe su festín. Guarda los restos y se dispone a intuir el partido entre las espaldas y los hombros de los socios más veteranos. El Bernabéu ruge. El Inter marca. El Bernabéu es una tumba. El Madrid ataca y marca. El estadio clama el gol del empate como sólo sabe hacerlo en las noches mágicas de las competiciones europeas. El hombrecillo salta como si se hubiese sentado sobre un millón de cardos, se abraza a la diestra y a la siniestra, se encarama como un koala a cualquiera que se le ponga a tiro y vocifera sin control ¡Ya estamos clasificados! ¡Ya estamos clasificados! Al principio nadie le hace caso pero su persistencia en aclamar una clasificación que no era tal empieza a incomodar al entorno. El Madrid, tras el gol del Inter, necesita dos goles más para pasar la ronda.


Algunos de los forofos, ya mosqueados por el error del efusivo tipo que interpretan como una mofa inoportuna, empiezan a decirle con unos modales susceptibles de mejora que no estamos clasificados y que se calle un poquito (para ser riguroso, que se callara de una puta vez). El hombre ríe creyendo que se trata de una broma y persiste en celebrar el pase. La inquina ya es generalizada. Los insultos y referencias familiares arrecian y el hombrecillo, más pequeño aún por mor de la aversión, se gira hacia nosotros con la voz apagada para interesarse por si es o no una broma. El pobre hincha ni se había enterado del gol del Inter. Claro que la cortante respuesta de Tinín, del calibre, más o menos, ‘que no estamos clasificados, coño’ le disipó cualquier duda y, a buen seguro, las ganas de volver al fútbol a ofrecer comida a semejantes salvajes.


He tenido la inmensa suerte de vivir en el Bernabéu las noches más gloriosas de la reciente historia del Madrid. De entre ellas recuerdo con especial emoción la remontada ante el Anderlecht; el 6-1 que posibilitó ver, por primera y última vez, a Emilio Butragueño arrodillarse para celebrar un gol. Imaginen la emoción que se contagiaba para alcanzar ese hito en un jugador tan hierático y soso fuera del campo como formidable dentro de él. Nunca olvidaré un gol sublime que le marcó al Cádiz y que fue predecesor de las jugadas más inverosímiles de la Playstation. A pocos jugadores, a Romario y alguno más, he podido ver entrar en el área con tanta tranquilidad. El Buitre era capaz de entrar en esa zona, a pocos metros de la portería, y adoptar una pose que invitaba a pensar que más que meter un gol se disponía a cortarse las uñas o a bostezar. Los brazos caídos, la mirada arriba y el balón reposado entre sus botas sin que el defensa se atreviera a meter el pie. Don Emilio, pues luego llegó a ser vicepresidente de la entidad para demostrar que la habilidad es un don irregular y que uno puede ser un excelente futbolista y un pésimo directivo, encabezó la ‘Quinta del Buitre’, una excepcional generación de jugadores que ganó cinco Ligas pero a la que se le negó la miel del triunfo fuera de España. Cuando en unas semifinales el PSV nos cerró la puerta por enésima vez de la Copa de Europa y Michel salía del campo holandés llorando yo le acompañé desde casa. Nunca he soportado las injusticias y aquella fue una de ellas. Dicho queda.


Antes de ello, en otra épica remontada ante los alemanes del Borussia, me llevé un susto morrocotudo (excuso decir que el adjetivo en su día fue otro). El gol en los últimos suspiros del partido del gran Santillana levitando de una manera digna de ser estudiada en los fascículos de grandes enigmas del siglo me procuró una alteración cardiaca que me robó el aliento y me hice pensar en que, de lo malo malo, morir en el Bernábeu al menos me aseguraba una portada del As o el Marca. Prefiero tomármelo a broma porque la verdad es que asusté muchísimo cuando sentí que mi corazón se situaba justamente donde Martirio se coloca sus estupendas peinetas. Qué alegrón. Segundos después, eso sí, pero fue uno de los goles, junto al de Mijatovic de la Séptima y el de Zidane de la Novena, que con más pasión he celebrado. Y eso es mucho decir.


De todos ellos fue sin duda el que nos dio la Séptima después de tantos años el que más celebré. No tuvo, ni por asomo, la belleza del de Zidane en Glasgow, una de las pinceladas más sublimes que ha dado el fútbol salida de la bota de bailarina de uno de los más grandes, pero fue el más emocionante para una generación de madridistas. Una generación que no sólo no habíamos visto la Copa de las grandes orejas nada más que en el museo sino que, ya mozos, fuimos testigos de la derrota en la final del año ochenta ante el Liverpool ante aquel Madrid de los García al que, encima, no le podíamos reprochar nada. Llegaron mucho más lejos de lo que ellos, y desde luego nosotros, hubiéramos pensado jamás. Si no recuerdo mal, una pifia en la banda de García Cortés, centro al área y gol de un tal Kennedy. Qué disgusto me llevé con la mayoría de edad recién estrenada. Por eso casi veinte años después me desquité. Mi aerofobia me impidió estar en Amsterdam aunque espero tener salud y superar ese pánico a volar para ver alguna vez un partido en Inglaterra. Un Liverpool-Madrid o un Manchester-Madrid (jamás olvidaré el taconazo de Fernando Redondo en Old Trafford y el pase a Raúl para que empujara el balón). Aquella tarde de 1998 parecía un león enjaulado. No sabía dónde iba a ver la final pero sabía que me iba a vestir con mis mejores galas. En la calle Arenal me compré una camiseta que ya daba por hecho que volveríamos a ser campeones. Un siete en la espalda dentro de la silueta de la Copa de Europa así lo delataba. Una anciana que se cruzó conmigo me deseó suerte y se lo agradecí de corazón. Finalmente me convencieron para verlo con más gente; algo que no hago nunca en partidos de alta tensión. Y esta era la cita que había esperado desde que apoyaba mis codos infantiles en las vallas del fondo norte. Prefiero estar a solas y privar al prójimo de contemplar a un ser humano poseído y en ebullición. Toni Bonanno se agenció un pequeño televisor que sacó a la puerta de su taberna y allí padecí los noventa minutos más largos de mi vida. Mucho más largos de lo que decía Juanito a los italianos para amedrentarles en el Bernabéu. Como ya saben, los últimos minutos me los pasé haciendo un surco a lo largo de la acera. No podía aguantar los nervios hasta que alguien se levantó con los brazos en alto y yo miré al cielo de manera instintiva. No sé si existe o no, pero, por si acaso, guiñé el ojo a mi tío Nino y a mi padre. Yo también había llegado a conocer a un Madrid campeón. De allí a Cibeles. Qué tiempos tan remotos y añorados.

Mi retirada

Tuvo que ser contra el Milán. No tenía bastante con humillar a mi equipo. Fue en un partido contra los italianos cuando me percaté por mi mismo de cuánta mezquindad puede atesorar un ser humano. Ese ser humano, o lo que sea, era yo. Había ido con mi chica al fútbol. Noche europea de las grandes. En esos días yo me bajaba a eso de las cuatro de la tarde a los alrededores del estadio, casi cinco horas antes del pitido inicial, para palpar el ambiente y ver a los hinchas del equipo contrario. Luego quedé con ella y una hora y media antes ya estábamos en el fondo sur. A su inteligencia, conversación, simpatía y belleza sumaba una virtud extraordinaria: le gustaba el fútbol ¿Por qué me dejó, Dios mío? Era perfecta. Aún hoy nos queremos.


En el Bernabéu ya no entra ni el viento por falta de espacio. A dos minutos del final de la primera parte, con los muñones ya consumidos por los nervios, ella me susurra que se está mareando. Yo le debí decir, sí cariño o algún formulismo similar que denotaba mi elevada preocupación por su salud en esos momentos de tensión. Ella me repite que se marea y yo, que cuando me pongo romántico dejo a Lord Byron a la altura del betún, le digo que se espere, que está a punto de llegar el descanso. Vamos, como si me hubiera dicho que se estaba orinando. No contento con ese alarde de generosidad y preocupación por el amor de mi vida (imaginen qué podría haber hecho con algún extraño, ¿rematarle, acaso?) su persistencia en salir al vomitorio (bonito nombre que acompañaba bastante a esa situación límite) me provoca un arrebato de ira. Joder, tienes que marearte ahora, cómo eres, justo cuando faltaban dos minutos y estábamos a punto de marcar y exabruptos semejantes. Eso sí, vaya en mi descargo que era imposible que, hasta desmayada, acabara en el suelo tal era la densidad de forofos por centímetro cuadrado.


Finalmente hube de salir, ya en el descanso, eso sí, para que los sanitarios le dieran aire y acabara recuperándose en cuestión de minutos. Faltaba lo más difícil: recuperar los dos pequeños huecos que habíamos dejado entre la multitud y que ya habían sido devorados por el gentío. La masa, para que luego digan, fue amable y nos dejó pasar. Siempre me ha quedado la duda si hubiera pasado lo mismo si en vez de ir con ella, a quien cedían el caso con gesto jovial mientras conmigo lo hacían a regañadientes, hubiera ido con mi primo el del pueblo. Por supuesto, el Milán acabó eliminándonos de nuevo y yo acabé sin novia. No por este desvelo en concreto pero seguro que, el cómputo global de reproches, porque ellas lo hacen, no crean, algo tuvo que ver. No lo duden.


Admito que no fue la única vez que quedó en entredicho el orden de mis prioridades. Hace años hallábame en mi primera casa como emancipado aún por amueblar cuando me surgió una aventurilla con una bonita muchacha (no crean, tuve mi época). En la habitación sólo había una cama ─para qué más cuando nuestra intención no era organizar una charla-coloquio─ y un televisor con antenas de las llamadas de cuernos (casualmente la moza tenía novio y no era yo) que se veía fatal. Durante la refriega aprovechaba los dedos del pie para hacer pinza con ellos y tratar así de mover las antenas del aparato con objeto de que se pudiera ver con más nitidez el partido. Como se lo cuento. En un arrebato de furor sexual ella se percató de la treta y con gesto poco amistoso para estar en situación tan fogosa me espetó esa pregunta que, para un loco del fútbol, puede resultar de todo menos novedosa. Ya saben ¿No me digas que vas a ver el partido? ¿Les suena? Yo negué hasta tres veces. Algo recordaba de las clases de religión. Lo más grave es que ni siquiera jugaba el Madrid. Era un Barça-Atlético de Madrid. Al final me arrepentí. Digo de no haberlo visto entero. Ella acabó volviendo con su novio.


Hay preguntas, como la reseñada, que no dejan de ser retóricas. Preguntas con la respuesta incluida por el mismo precio. Ellas lo saben mejor que nadie. Mi primer amor se casaba, no conmigo claro está, y estaba invitado a la ceremonia. Era un 28 de octubre y esa tarde se jugaba un Madrid-Barça. Se lo dije y esa mirada que tantas convulsiones había provocado en mí tiempo atrás no fue suficiente para doblegarme ¿No se te ocurrirá, verdad? Este es un nítido ejemplo de lo que mencionaba. Por supuesto que se me ocurrió y allí me planté, en el fondo sur, con traje y pajarita junto a mi chica de entonces, la misma que dejé desvalida de un mareo tiempo después. Vimos el partido, nos lustramos los zapatos manchados por los pisotones y luego llegamos a los postres. No sé de qué se quejaba. Cuando llegamos todavía no se había separado. No tardó mucho, la verdad. Después de felicitarla le dije que si el marido hubiese sido yo al menos me hubiera sembrado alguna duda antes de cambiar la fecha de la boda.

Fue a mediados de los ochenta, esa época de gloria interrumpida por los ogros de Sacchi, que para ser sinceros jugaban de cine, cuando dejé de jugar al fútbol. Más o menos con veintipocos años. Todavía estoy esperando el partido-homenaje. Bebía cerveza, fumaba mucho y salía de noche o sea que no entiendo cómo no llegué a ser un futbolista de elite. Lejos de ello me echaron de mala manera, junto a mi colega el Gallina, del Racing Bellver, mi último club. Atrás quedaron épicos partidos en el colegio Maravillas, en La Salle, en Canillejas o en Pan Bendito. Empecé de delantero y acabé de lateral defensivo, pero por aquel entonces ya no me gustaba correr la banda. Ya no estaba Paloma ni las niñas del cole para impresionarlas. A cambio se situaban los colegas de los rivales, sus progenitores y sus tíos. Si salías del campo sólo con un par de escupitajos te podías dar con un canto en los dientes antes de que te dieran ellos. Eso o una patada en los atributos o una pedrada o una somanta de palos. Había peligro en esos campos y se pasaba miedo. Tanto como el que pasé en una ocasión en el tercer anfiteatro del Bernabéu tras una Madrid-Torino en el que militaba ya Martín Vázquez; uno de los jugadores que más habíamos maltratado en el Santiago Bernabéu de manera más injusta. Fue la única vez que salimos ‘en pareja’ al fútbol. Mi amigo Angelillo y su entonces chica Irene y yo mismo con Marga; una mujer de la que podría hablar tanto que hasta tuve que dedicarle mi segunda novela. Al final, los tifossi se enzarzaron con los forofos más cercanos a la valla que los separaba y empezó a caer un diluvio de objetos voladores no identificados aderezados con los botes de humo que comenzó a lanzar la Policía. Las chicas se lo pasaron en grande. Así, son ellas, valientes e imprevisibles. Yo, a decir verdad, estaba acongojado. Bueno, ya me entienden.


La falta de entendimiento con nuestro míster en el Bellver, a quien llamábamos Papi, surgió con la pésima ecuación que resulta de salir de noche hasta las tantas y tener que levantarte un domingo a las ocho de la mañana para ir a un patatal a que peguen patadas hasta en el paladar. Definido así no se antoja muy sugerente, la verdad, pero a nosotros nos gustaba. Claro que nos gustaba porque era una diversión, una excusa para juntarnos y tomarnos luego unas bravas y unos torreznos. Cuando mudó de diversión a obligación la cosa cambió mucho. Al Gallina y a mí nos exigía disciplina y hubiera sido más factible que nos hubiera pedido que le compráramos un chalet en La Moraleja. Hicimos la mili, nos supusieron el valor, que ya era mucho suponer, pero la disciplina como que no iba mucho con nosotros. Así nos fue. Del campo al banquillo y del banquillo a la calle. Comenzamos por dejar de ir a un entrenamiento de los dos por semana que teníamos programados en un campo de arena, de mucha arena, del barrio de Saconia. Como nos parecía poco, no sólo dejamos de entrenar sino que una tarde nos acercamos a ver cómo entrenaban nuestros compañeros. Mientras ellos sudaban, nosotros nos fumábamos un cigarrillo en la banda. La ira de Papi derivada de esa evidente provocación fue sólo equiparable a su volumen torácico. Prácticamente inconmensurable. Nos expulsó de la banda, pero, como tampoco estábamos muy atareados, vamos qué no teníamos nada que hacer, decidimos escondernos detrás de unas jardineras aledañas para emitir toda suerte de onomatopeyas hasta que Papi, a grito pelado, nos dio el finiquito junto a una retahíla de improperios que no se pueden reproducir en estas páginas. Qué injusticia. Qué gran pérdida para el fútbol. Eso sí, lo que nos pudimos reír (¿y por qué no os reistéis? que diría mi amigo Juanlu, gran hincha del Atlhetic aunque su acento extremeño despiste).


Atrás quedaron una mañana de gloria en Parla en la que triunfé junto a Beato, un delantero grande y muy bueno, un balonazo en la cara que me nubló la vista durante días, unas botas horripilantes y embarradas y, lo que es mucho más importante, muchas risas entre los banquillos asilvestrados de los barrios de Madrid. No era demasiado malo, tampoco notable la verdad, pero me perdía mi ensimismamiento. Si me salía un buen regate esperaba a que volviera el defensa para burrearle de nuevo. A mí eso del juego colectivo me sonaba a chino. Era un mediocre chupón, vago e insolidario con mis compañeros. Un cromo.

Desde que me di de baja como socio del Madrid el curso de la vida me alejó de mis colegas de fondo e ir solo tenía menos gracia he vuelto al Bernabéu en contadas ocasiones. La mayoría de ellas ya como invitado en esos palcos de opereta en los que comes gratis, pisas moqueta y puedes ver las repeticiones en la tele. Todo muy cómodo, pero no es lo mismo. De hecho, en una ocasión, con motivo de un emocionante partido, tuve que salir fuera de esa cabina para desfogarme y poder dar rienda suelta a todos los improperios acumulados. No podía más. No van conmigo esas sofisticaciones.  Quizás porque a menudo me convierto en pasto de la nostalgia y añoro las tontunas de mi tío Nino, los gritos del Tiri a través del megáfono con su halamadríhalamadríhalamadrí, la bandera enorme que ondeaba con brazos musculosos Gerardo en la Peña de Las Banderas, el regreso a casa en autobús con la nariz pegada en el cristal observando la alegría de los niños y soportando con una sonrisa el sonido molesto de sus trompetas.


Sin embargo, alejarme del santuario de mis sueños no ha menguado en exceso mi pasión. Sigo todos los partidos y soy bien capaz de postergar una cita o irme antes de una en curso con tal de no perderme ningún encuentro. El fútbol es un veneno demasiado poderoso para liberarte de él así como así. Me he transformado, eso sí, en un hincha catódico tan trastornado a veces como para utilizar como amuletos en los grandes partidos dos muñecos de goma todo a cien con las figuras de Raúl y Fernando Hierro que me regaló mi amigo Angelillo y que ponía sobre el televisor (ahora con el plasma la cosa está más complicada) bajo el tapete inmaculado de una bufanda de mi equipo. Sí, estoy enfermo, qué se le va a hacer. En la última mudanza los perdí y no es por nada pero desde entonces la sequía del Madrid se tornó pertinaz como en los tiempos de Franco.


Como buen forofo, a veces a mi pesar, uno debe estar a las duras y a las maduras y manejar un buen argumentario para hacer frente a la oposición. No se crean que uno llega a la galaxia del forofismo así como así. Es una labor de años y hay que estar documentado. Si algo nos une es la aversión al arribista, a todo aquel que ve el fútbol con la misma displicencia que si estuviera viendo una carrera de caracoles. En mi barrio la oposición es numerosa y está muy preparada. Las cosas como son. A veces pienso que si todo el tiempo que hemos dedicado a leer el As y el Marca y a escuchar Carrusel Deportivo lo hubiéramos destinado a estudiar seríamos catedráticos de Física Cuántica. De la que nos hemos librado.


Por ejemplo, ir a por el periódico, según el resultado del día anterior, puede ser más incómodo que ir a la consulta del dentista. En el quiosco de Puerta Cerrada, a escasos metros de la Plaza Mayor, me espera Toñín. Tan atlético como yo madridista. Entre la Revista de Occidente y el Vanity Fair se puede observar un azulejo con la leyenda ‘Aquí vive un hincha del Atleti’. Una mañana, tras un partido en el que nos zurró el Arsenal, fui a comprar el diario cabizbajo. Me saludó con una cortesía improcedente que me escamó. De repente se desprendió de la cazadora y apareció con una camiseta de los cañoneros ingleses. No contento con ello se dio la vuelta señalando el número y el nombre de Henry que había sido actor principal de la derrota. Con motivo del último derby, a eso de las ocho de la mañana le tenía fuera del quiosco envuelto en una banderola colchonera vociferando contra mi equipo mientras yo, ante la atónita mirada de mi perro, hacía lo propio contra los indios de la ribera del Manzanares. Excuso decir que, de ese trío, mi perro Bruno era en esos momentos el ser vivo más equilibrado y sensato. La grandeza del fútbol está, precisamente, en que dos tipos de más de cuarenta años puedan hacer semejantes majaderías. Si alguien nos viera pensaría que no estamos bien de la cabeza. Puede que tenga razón pero creo que a quienes amamos el fútbol y sufrimos por nuestros equipos nos importa una barbaridad. Que piensen los que quieran. Nos gusta y lo pasamos bien. Bueno, Toñín, lo pasa peor. Para eso es del Atleti. Con lo buen chaval que es. Y a estas alturas eso ya no se cura.


Toñin es uno de los puntales del frente anti merengue que sitia el barrio. Otro es mi amigo Óscar. Tan culé como para irse a Paris sin entrada a la final de la Champions que ganó el Barça en 2006 para verlo por la tele en un bar cercano a Saint Dennis. Tan culé como para poner de cierre musical en la taberna La Escondida donde trabajaba el himno del Barça. Hablamos de un bar en pleno centro de Madrid. El mérito, como imaginan, es grande. Tan culé como para tener un baldosín a su nombre y al de su padre en el Camp. Nou. La idea surgió cuando se constituyó la Fundación Blaugrana y consistía en dar un dinero, cada cual fijaba la cantidad, para este fin. A cambio dejaban para la posteridad el nombre de los hinchas. Háganse una idea de la cara que pusieron los empleados del banco madrileño cuando le preguntaron por el concepto de la transferencia.


El tercero en discordia es Carlitos Lera, atlético y deportivista por su origen gallego. De su acento se ve poseído cada vez que recuerda lo bonito que es Fisterra y lo bueno que era Bebeto. Es decir, muy a menudo. Tan antimadridista que hace años, su padre, una gran persona a quien no llegué a conocer, haciendo gala de un excelente criterio le echó de su casa ante las mofas que le provocaba una derrota de mi equipo que también era el de su progenitor. Todavía le recuerdo en La Escondida hace años elogiando antes del inicio de la Liga el ‘poder ofensivo’ que esa temporada iba a tener su Atleti. Iba a arrasar. Lo cierto es que estuvieron a punto de bajar. Por supuesto las palabras ‘poder ofensivo’ fueron desde entonces para Óscar y para mí, unidos en esta ocasión, una contraseña para reírnos de él y de sus milimétricas profecías.


Su hermano Chete Lera, enorme actor y mejor amigo, fue artífice de una de mis mayores alegrías y emociones. Había sido invitado por Real Madrid TV a comentar un Madrid-Depor (Chete pertenece a la especie futbolera corazón-partío) y desde el plató, después de haberles ganado, me envió una cariñosa felicitación. Era la primera vez que mi nombre se oía en televisión y eso, viniendo del barrio que vengo y sin haber mediado un atraco, no podía menos que emocionar. Con el tiempo incluso me han llegado a hacer entrevistas. En una de ellas mi colega Juan Luis Martín, que sabe bien de mi forofismo, emitió una pieza con imágenes del Madrid acompañada de la voz única de Camarón uniendo así el fútbol y el flamenco, dos de mis grandes pasiones. Fue también muy conmovedor.


No obstante, no estoy solo ante el peligro. Entre las ‘fuerzas vivas’ del barrio también cuento con aliados como mi frutero Luis, que me ha ayudado en esta travesía a refrescar la memoria con sus datos y los pósters y fotos del Madrid que decoraban su tienda de Cava Baja, o mi buen amigo José Ignacio Notario; capaz de darte el resultado del Puerta Bonita o del Real Madrid C antes de que lo encuentres en Google. Jose Ignacio es un erudito del fútbol base sin olvidar las tareas de estudio y documentación que requiere la elite. Él no lee los diarios deportivos. Los desmenuza. Además, es seguidor también de Las Palmas. Hace poco alguien le regaló a su precioso hijo Martín una equipación del Atletico de Madrid. Creo que al nene se le va a quedar pequeña antes de ponérsela.

Epílogo

Por el camino de este viaje por la memoria de mi pasión por el fútbol se han ido quedando recuerdos sueltos como la calderilla que tintinea en los bolsillos. El moro Amed que llevaba a su perro siempre ataviado con un pañuelo del Madrid, los cromos trucados con un nombre escueto de algún jugador en el anverso y otro mucho más largo en el reverso, las estupendas tertulias en la librería Méndez de la calle Mayor con mi buen amigo Alberto Úbeda, atlético sector mesurado, y con Antonio Méndez, madridista crítico, perdón por la redundancia. Unas acaloradas tertulias a las que se suman a menudo ilustres forofos, algunos eruditos y algún que otro ventajista de natural veleta muy capaz de acuñar esa frase tan irritante de ‘yo soy de quien mejor juegue’ ¿Cabe mayor frivolidad en un asunto tan serio? No daré nombres aunque aludidos habrá. En estas tertulias, como no podía ser menos en la mejor librería de Madrid, solemos recurrir mucho a los clásicos. Y cuando hablo de clásicos me refiero a Redondo, Paolo Futre, Santillana, Butragueño, Maradona, Schuster…etc.
Atrás quedan las largas discusiones con mi buen amigo colchonero José María de Cossío en las que, indefectiblemente y se hable del partido que se hable, acaba hablando de lo bien que jugaba Enriquito Collar, las sobremesas futboleras en el bar J. Blanco de la calle Tabernillas delante de unos huesos sobrantes de unas exquisitas chuletillas de cordero, las porras de los Madrid-Barça que jamás acierto por mis excesos de forofo, los faxes a Barcelona a colegas de profesión culés recordándoles un resultado adverso….


Ya ven. El fútbol es caprichoso. Cuando ya daba por finiquitadas estas confesiones he de retornar a decirles que de nuevo hemos ganado la Liga. Temporada 2006-2007. Yo ya no estoy para estos trotes. Qué Liga me han dado. Qué nervios. En el último partido, en el último suspiro, con el fantasma de las dos ligas perdidas en la isla de Tenerife, con la camiseta de la Séptima y una bufanda pegajosa en una tarde de mucho calor. En un bar en el que no conocía a nadie y nos hemos acabado abrazando todos menos una joven de muy buen ver que no parecía muy aficionada. Una lástima. He sudado más que ellos pero hemos sido campeones. Qué bien suena. 


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