1. 0
« »

Aquellas noches de duende

El flamenco es cosa grande. Yo lo aprendí hace ya muchos años por una de esas benditas casualidades que te envenenan dulcemente la vida. Empezaba la década de las noventa y, no sé muy bien por qué, me dejé caer una noche por un 'colmao' de la Cava Baja de apenas treinta metros cuadrados regentado por un hombre de bien que, con el tiempo, se convertiría en un entrañable amigo: Francisco Alcolea, 'Francis' para todos, señorito o albañil que igual trato merecía para él el uno y el otro. La vieja 'Soleá', hoy ya desaparecida, aunque con los recuerdos intactos,  se convirtió desde entonces en el diminuto paraíso en el que uno olvidaba sus penas a fuerza de escuchar cómo otros las aliviaban a través de su arte. Y fueron muchos quienes, de manera espontánea y desinteresada, se desgarraban el alma o transmitían su alegría a través de su cante, más o menos brillante, pero siempre sentido y esforzado.

La Solea

En esta 'histórica' fotografía (lo digo por la corbata y mi aspecto de apoderado de novillero) aparecen Francis (primero a la izquierda), el amigo Flores, arriba a la derecha, y a mi lado mi compadre Curro de Jerez

Por allí pasaron, entre quienes más o menos se ganaban las habichuelas con ello,  Manuel Agujetas, que luego grabara un directo en el sótano de la ‘nueva’ Soleá, situada justo enfrente y hoy también cerrada, Enrique de Melchor, Curro de Jerez, Cancanilla de Marbella, Juan de Juanes, Mariano Morillas o José el Francés. Sin embargo, el duende de La Soleá residía en los aficionaos que, noche tras noche y madrugada tras madrugada, hacían bueno ese memorable dicho del recordado Antonio Gamero. Me refiero a ese que reza: ‘como fuera de casa en ningún sitio’. Fueron tantos años que me dejaré a alguno fuera.

SolearesNo es el caso de Pepe Cruz pues nadie que disfrutó de su arte, que era y es inmenso, olvida la expectación que levantaba su presencia entre quienes ya le conocíamos, la estupefacción de quien le oía por primera vez, su respeto hacia quien se entregaba a algún cante a veces con más voluntad que acierto, su silencio sólo quebrado cuando se arrancaba a cantar al compás de esas 'campanillas en la garganta' como una noche lo definiera Antonio González 'Retija', estupendo cantaor y manchego cabal. Antonio, como Gaspar Romero, ‘Loreño’ de apodo y también manchego y cantaor, trabajaban en la construcción, se levantaban con el alba pero jamás faltaban a esa cita a primera hora, a eso de las diez o las once de la noche. El cante era su vida. De de ellos aprendí mucho de lo poco que sé. Nunca olvidaré las maravillosas bamberas o malagueñas de Retija ni los fandangos ni guajiras de Loreño, devoto de Juanito Valderrama como no podía ser de otra manera. Eso también nos unió. Ellos son, en buen parte, culpables de esta afición que, de tan sentida, es posible que sólo admita la pasión o la indiferencia. A medio camino está eso que llaman flamenquito o fusión. Ya ves tú qué cosas.

SolearesSon tantas las vivencias, los personajes, los momentos, que muchas veces he pensado, y aún no lo descarto, incluir estos pasajes en algún relato. Personajes como el viejo Pedro, hombre castigado por la vida, que se ganaba unas monedas imitando a Chaplin por Preciados y así aparecía a menudo por La Soleá. Con la cara pintada de blanco, su bigotito, su traje negro, su bombín y su bastón. A veces, cuando estaba animado, se ponía a andar como Charlot entre cante y cante. en el escueto espacio del colmao. O Rafa, colega de oficio del viejo Pedro y que tenía un vozarrón atronador, que venía del tajo vestido de payaso con una traje de lunares y un pelucón rojo y de esa guisa se ponía a cantar por soleares. Para verlo. O anécdotas como la que me jugó mi compadre Curro de Jerez, guitarrista mayúsculo de uno de los barrios jerezanos con más solera flamenca.

 Antes de tratarle conocí a Curro en la sala Revolver (que tampoco existe, claro está) en uno de esos lunes flamencos acompañando al entonces casi desconocido José Mercé. Curro, guitarrista del cuadro de El Corral de la Morería, empezó a parar en La Soleá cuando terminaba su último pase. El caso es que trabamos amistad y compartimos muchas risas. Una noche un grupo de bonitas jóvenes, fascinadas, imagino, por ese exotismo del local, andaban embobadas. Cuando ya casi no quedaba nadie al cante, Curro, guasón y jerezano valga la redundancia, empezó a animarme a que cantara yo algo. Las muchachas se sumaron a los ruegos que arreciaron cuando Curro, que jamás tocaba en La Soleá pues ya vendría harto de hacerlo en su trabajo, sacó su espléndida guitarra y comenzó a maravillar con unas falsetas. Recuerdo que eran unos fandangos del Gloria y que las chicas, razonablemente alucinadas por la manera de tocar de ese hombre, esperarían un cante que le hiciera justicia aunque ni supieran qué era un fandango y menos aún quien era el Niño de Gloria. Excuso decir que, una vez solucionado el entuerto, no ligué con ninguna de ellas. Es comprensible.

Compartir en Menéame
Compartir en Facebook
Compartir en Twitter

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Log In or Registrarse