Periodista con perdón

Me hice periodista pero no me gusta viajar. Me hice escritor pero ni fumo ni casi bebo. Por lo tanto bien podría ser un funcionario de la Seguridad Social si no fuera porque jamás he tenido una hipoteca que para algo uno tiene alma de bohemio.  Empecé a juntar letras a finales de los ochenta y me ha ido tan bien en este oficio del periodismo que hasta me faltarían dedos en una mano para contar a quienes tengo en él por amigos. Nada fácil en una profesión de envidias y vanidades en la que por leer la solapa de dos libros cuando están cerrando el VIPS   ya te crees preparado para dirigir un curso en una Universidad de Verano. Hay excepciones. Esos son, precisamente, los amigos de los que hablaba. Por supuesto no seré quien me excluya de esa querencia al ego mas, vaya en mi descargo, que hace tiempo sopese que, a partir de cierta edad, no hay mayor éxito en la vida que no tener que pasar por una colonoscopia.

Algo de míComo donde tenía la olla no hice mucho caso al refrán podemos colegir que, en general, me he divertido en el trabajo  algo que, salvo que seas Nacho Vidal, igual mucha gente no puede decir. Llegué a una redacción con la banda sonora del telex de fondo, sin más documentación que unas carpetas que lo mismo te guardaban una esquela que la receta del salmorejo y en esos primeros meses aprendí en la agencia OTR PRESS del Grupo Zeta mucho más de lo que hubiera aprendido en los cinco años de facultad incluso si hubiera asistido a las clases. Por aquel entonces el único ‘google’ que había, con suerte, era encontrar a algún compañero con buena memoria. Yo la tenía. O no. La verdad es que ya no me acuerdo. 

Algo de míDe ahí tuve sólo que bajar una planta porque en la misma empresa de don Antonio Asensio, que en gloria esté, justo cuando empezaba la década de los noventa, me contrató el diario económico ‘La Gaceta de los Negocios’. Cumplía así uno de mis sueños. Yo quería escribir de cine, de libros, de teatro… y acabé relatando el déficit de caja, las cifras del paro, el balance del comercio exterior o las cuentas de la Seguridad Social. No lo debí hacer mal porque estuve seis años y, a pesar de ser un medio ultraliberal en el que, eso sí, siempre me sentí respetado por mi descarrío izquierdista, me hicieron a los tres años fijo como marcaba la ley. Para quienes empiezan ahora en este bendito oficio decirles que antes había hasta contratos fijos porque no eran, como ahora, una especie en más peligro de extinción que el urogallo.

Tantos buenos recuerdos, tanta buena gente, tantas grandes amigas que aún hoy conservo. Tantas cervezas en el Ricardo´s, tantas copas en tantos garitos, tantos amaneceres en el Lady Pepa o en La Soleá. No es que uno sea nostálgico. Simplemente fueron unos tiempos inolvidables. De esos ratos que te ofrece la vida para que la maldigas lo menos posible. Por el camino quedaron algunas colaboraciones en Interviú, aludo a reportajes no a posados o a robados en alguna piscina municipal, en el ya desaparecido semanario Panorama o una única colaboración, que me enorgullece mucho, en el número cero de la hoy consolidada ‘Cuadernos de Jazz’. Y en el 96, después de negociar un expediente de regulación de empleo,  me fui.

Algo de míDejé así ese periodismo que todavía admitía borrachos delante de un ordenador siempre que tuvieran buena agenda y un índice de resaca adecuado para acabar el artículo. Becarios a los que se les podía mandar sin rechistar a por otro bote de cerveza porque entonces había alcohol en las máquinas o lo subían del bar El 19 o de La Flecha. Jefes que no ejercían de tales sino de compañeros que te consultaban antes de cambiarte un titular y a quienes podías insultar con solvencia y sin temor a represalias. Por supuesto se fumaba y se decían tacos. Muchos tacos.  Eso sí, no había másters ni becarios que hubieran hecho parte de sus estudios en Conneticut ni tontosdelculo (los había creo que en mucha menos  proporción que ahora) que se creyeran Manu Leguineche por haberle preguntado algo a un ministro con la lengua trabucada en una rueda de prensa. De esos, ya en mi actividad posterior, me he topado con unos cuántos. Eso sí, hablan muy bien inglés y conocen a muchos grupos independientes.

Yo no hablo inglés, pero, a falta de ello, sé insultar perfectamente en castellano. También lo he utilizado para escribir artículos de opinión. El género periodístico que más me satisface o sea que, como dicen los futbolistas, soy tan afortunado que me pagan por hacer casi lo que más me gusta. Ya dijo Woody Allen que el cerebro era su segundo órgano favorito y un servidor lo suscribe. La primera oportunidad me la dieron en una publicación efímera que editó Juan Tomás de Salas. Se llamaba ‘El Gato Encerrado’ y apenas escribí una decena de columnas. Tiempo después lo haría en una publicación local de Fuenlabrada hasta que los medios digitales me abrieron la posibilidad de recuperarme para el género. Y en ello ando.

FOTOS: Arriba en la agencia OTR del Grupo Zeta allá por finales de los ochenta. Como se aprecia en la estantería a la informática aplicada a la documentación todavía que le quedaba un largo camino por recorrer. En el centro ese ansiado carnet de prensa con el que uno pensaba pasar por la filosa a todos los espéctaculos y discotecas y abajo a la izquierda una legendaria actuación en el garito Avapiés en una fiesta a favor de Diario 16. De izquierda a derecha, mientras nos entregábamos con más voluntad que acierto a un tema de Kiko Veneno, el coro de plumillas compuesto por Juan Luis Gallego, a la guitarra Alberto San Juan, que luego se hiciera actor para deleite de La Razón, un servidor, Pepe Morales, Pilar y Alberto Gayo. El émulo de Machín me resulta desconocido.

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