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Fundido en negro

Marco y Berta han llegado a detestarse son exquisita cortesía; el tedio, la sombra del fracaso y la incomunicación de quienes ya no tienen nada que decirse

No creas que mi silencio es olvido. Cada día lo intentó como quien quiere dejar de fumar. Acaso con la misma frágil voluntad de quien en verdad no está dispuesto a ese sacrificio. Tenemos que hablar. Las cosas no pueden seguir así. Será mejor que nos separemos. Podemos empezar de nuevo, cada uno por su lado. Los niños ya son mayores. No tenemos problemas de dinero. Por favor, Marco. Di algo. Tantas veces esa letanía revoloteando como pesadas polillas por las estancias de la casa. Marco está tumbado en el sillón sin ganas siquiera de levantarse a por la botella de bourbon. Toda una muestra preocupante de pereza. Mete la yema del dedo en el vaso vacío y recorre despacio su diámetro. Remueve los hielos que apenas se han consumido. Casi se lo ha bebido de un trago. Ha dedicado más tiempo a enjuagar su boca con el licor deleitándose con el escozor de las encías. Es la única lealtad en la que se reconoce. Un trago. Una raya. Tic tac. Un mecanismo que ejercita con la precisión de un muñeco articulado. Esta noche no ha sido una excepción. Todo lo contrario. A menudo se asombra de cómo es capaz de aguantar tanto a sus años. Y el alcohol es lo que menos mella le causa. Más devastadora es la consciencia. Es bien jodido sentarte un día y saber que tu vida ya es solo pasado. Bien jodido. Querer quedarse queriendo irse”.

 

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