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Las miserias del héroe

El Chule sueña con ser el Capitán Trueno de su arrabal mientras a sus padres les basta con la heroicidad de que no falte cada día un plato de garbanzos.

“Cerró los ojos y recorrió con la lengua el tobogán de su paladar. Estaba harta de las explicaciones y las mentiras, de las coartadas inconsistentes que inventaba para justificar su marcha, harta de oír que adónde iba a ir a su edad; harta de aguantar la mirada reprobatoria de Teresa que no se molestó en mudar ni cuando, aun sabiendo el sacrificio que había significado su compra, le enseño el traje de novia con un escote atrevido festonado de lentejuelas; harta de que hasta el pusilánime de su futuro yerno se permitiera objetar su decisión con una inusual firmeza. Los vecinos especulaban y se reían. La Honoria se va a la capital ¿Qué se le habrá perdido allí? No se le había perdido nada. Todo lo contrario. Había encontrado a alguien y se disponía a seguir su rastro por encima de las recriminaciones y las maledicencias. En secreto. Como una amante clandestina o una adolescente temerosa del castigo de sus padres. Qué sabían de los veranos con sábanas frías, de la hondonada que había dejado en la cama el cuerpo de Gregorio y que, por más que la repasaba con el reverso de la mano, resucitaba al momento como el ineluctable recordatorio de su ausencia. Qué sabían ellos del hachazo devastador de la viudedad prematura, de los llantos escatimados a los ojos de sus hijos, del dolor de hallar entre los intersticios de las baldosas el polvo que desprendía su ropa de trabajo. La tierra arcillosa que volaba sobre su cabeza después de explotar el barreno, la higiene diaria con Honoria lavándole la cabeza y el rodeándola por la cintura, bajando la mano hacia sus nalgas y ella, remolona y divertida, sin poder ni querer desprenderse de esas caricias primitivas. Qué sabían del desgarro por la pérdida de un hijo, de las lágrimas que se la escabulleron a Gregorio en el cementerio mientras la apretaba contra su hombro, confiando en un futuro que luego unos extraños saquearon contra una tapia con dos tiros nocturnos y alevosos. La noticia de su muerte, el temblor de los labios, la imposibilidad de gritar, el desmayo de las articulaciones y la posterior insensibilidad de su anatomía, desmadejada y rota como una muñeca de porcelana”.

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