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Un día cualquiera

Paula evoca en el umbral de la muerte el amor perdido, las ilusiones rotas, el escozor de la soledad, todo lo que pudo ser y no fue después de esa tarde en que Marcel se fue.

“Nací mujer, Dios me perdone. Hay vidas que se podrían escribir en un telegrama y aún sobraría espacio. La mía es una de ellas. Una inútil y larga espera. Las persianas se abren igual que las agallas de un pez y entre las rendijas se filtra una claridad gelatinosa que enturbia mi vista. Aquella mañana entró encorvado quién sabe si por el peso de los años o por los remordimientos. Debía de ser por abril o mayo; al fin y al cabo un día cualquiera. Le reconocí nada más verle entrar con el gesto despistado y la sonrisa exiliada. Su voz grave estremeció el silencio. Trajo enroscado en el escueto equipaje una aroma a tierra empapada y un rescoldo de brisa que se coló por la abertura de la puerta y que por un momento inundó de vida la residencia. La tormenta se había llevado la luz y aún no había vuelto. Reparaba en esa involuntaria alegoría y contaba con los dedos de la mano tamborileando sobre mis rodillas las oscuridades que atravesé en plena claridad. Solía, en esas ocasiones, invadirme un lasitud reconfortante. Navegaba por óceanos de sensaciones contradictorias. La angustia derivaba en un cosquilleo que se aferraba a los huesos, se expandía volátil por los músculos y me confería un distanciamiento material del cuerpo…”

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