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Nostalgia de aquel patio con hortensias

De la casa donde nací apenas recuerdo un pasillo lóbrego, un patio de luces transitado por ratas, un caballito de cartón apolillado por el azote del tiempo y un exuberante arbusto de lilas que alguien piadoso plantó en un escueto jardín.  No todo en la vida era en blanco y negro. De allí me llevé como equipaje esa intensa fragancia y la triste melodía que componía el llanto de madre tras el despido de padre ¿Y ahora qué vamos a comer? Una letanía que revoloteaba por la cocina mientras las vecinas balbuceaban a su alrededor vanos consuelos. En aquellas viejas maletas apenas había sitio para más ilusiones que tener a diario un plato de garbanzos a la mesa. Con ese modesto propósito emigramos en un tren tan desvencijado como se barruntaba el futuro. El desembarco en la casa de la abuela Paulina se llevó a cabo por riguroso orden de importancia. Primero la caja con las morcillas de Matachana, las hogazas y el orujo que regaba con generosidad sobre la rebanada en sus transgresores desayunos. Decían que aquello era Madrid pero no había coches ni calles ni alumbrado en los alrededores. Sólo había un telón de cañas, caminos pedregosos, barrizales con huellas dispares de katiuskas, un árbol sin pedigrí, un membrillero que nos abastecía de munición en las batallas infantiles y un pozo anegado al que gritábamos por un agujero para que nos devolviera el eco. Y también una parra que nos aliviaba de la calorina. Bajo su cúpula de hojas, con la escoba por micrófono, se celebraban reñidos y proletarios festivales de Eurovisión.

Y en un rincón ya limítrofe con el huerto de la señá Isidra había un cuartucho con una taza de váter a compartir por las tres familias vecinas. Y orinales descascarillados debajo de las camas para evitar esa molesta excursión salvo que la urgencia fuera de aguas mayores. La abuela ya tenía excusado propio cuando nos acogió. Todo un lujo que fue a más años después cuando el jornal alcanzó para instalar un plato de ducha. Hasta su solemne inauguración nos bañaban en la pila de la cocina. De no haber sido por esa mejora doméstica, algo aguada por un ventanuco superior por el que se colaban cuchillos de hielo, uno se debía plegar con pericia de contorsionista. Las tercas dimensiones del recipiente resultaban incompatibles con el estirón propio de la adolescencia. Todavía me sobreviene el temor al ver a madre venir con la cazuela de agua hirviendo mientras la piedra pómez, antes de estragar mis codos, aguardaba junto al estropajo y el jabón Lagarto que poco antes habían lustrado cazuelas y sartenes. Sólo el repiqueteo de las castañas sobre el fogón en las tardes de invierno, que admirábamos con la luz apagada para realzar su rojo vivo, atenuaba los alaridos provenientes de la profanación de los tímpanos. Nada que ver con aquellos gritos alegres de los veranos cuando sacábamos la manguera por la ventana y el barreño de latón hacía las veces de microscópico mar; el único que entonces conocíamos. Eso fue hasta que la piscina hinchable que compró la señora Ene −socializada con reservas− se convirtió a nuestros ojos en un Mediterráneo con aguas surcadas por cagarrutas de gorriones en vez de galeones piratas y con un balón de Nivea que flotaba con desgana. Junto a ella un islote de hortensias y geranios completaba ese paisaje exótico poblado de chivines, saltamontes y arañas patilargas. Y de un coro de grillos que amenizaba las noches tórridas de estío mientras de las casas arribaba entre interferencias el rumor de la radio.

La televisión tardó en llegar como un novio informal. Al igual que la taza de váter, aunque con mayor regocijo, también se compartía en ese falansterio de emigrantes de provincias. A través de la malla de la ventana el público congregado en el patio admiraba el resplandor de aquel invento, acompasaba sus pies a las actuaciones de Galas del Sábado, elogiaba la simpatía de Joaquín Prat y la elegancia de Laurita Valenzuela, o se reía con las ocurrencias de la perrita Marilyn. Años después los sueños se sintonizaban a los de los concursantes del Un, dos, tres. A todos nos tocó alguna vez un coche o un apartamento en la playa. Al menos hasta que los mayores despertaban para ir al tajo y los pequeños para ir a la escuela. Madre nos aviaba, nos daba el desayuno con galletas migadas y nos arrastraba como frágiles cometas por esas veredas jalonadas de pedruscos y ortigas. Y de barro. Mucho barro. Y una lluvia racheada que transpiraba entre la masilla de las ventanas.  Y la humedad que abombaba el friso y despellejaba el papel pintado. Flores o geometrías que la abuela casaba subida a una escalera mientras los pequeños peleábamos por encolar las tiras.

En la habitación huele a naftalina y soledad. Fuera hay una luz desconcertante. De viejo pierdes la noción del tiempo. Igual da mañana o tarde. Pueden ser la una o las ocho. Ya no hay horarios. Sólo medicaciones que ordenan la rutina. Momentos del día que identificas por el color y forma de cada píldora. Con ese pinchazo diario de insulina. No hay espejo que te devuelva el brillo en la mirada. Ni sonrisa ajena que alivie la devastación propia. Nada cuando falta la esperanza y sobran los consuelos. Como le pasaba a madre cuando despidieron a padre. Como le pasa ahora aunque no hay vecinas alrededor. Ni un porvenir por el que preocuparse. Ni alboroto alguno que quiebre su quietud. Ni siquiera lo ha hecho mi mano al posarse sobre su hombro. Y eso que siempre fue asustadiza. Debe ser ese miedo postrero y mayúsculo que diluye pequeños y antiguos temores. Nada se mueve salvo el segundero del reloj de pared. Un tenue sonido que machaca con fuerza de martillo. La levedad de unos recuerdos que sobreviven al naufragio como jirones de corcho en un océano de nostalgias.

Aquella mañana de crudo invierno cuando, desde la ventana, te veíamos atónitos bajar a trompicones por la cuesta nevada a lomos de una bolsa de rafia. Nuestro primer y único trineo. Y se oían tus carcajadas que asustaban a los copos. Y las nuestras desde la casa que nos ayudaban a olvidar el frío. Noches de sábanas húmedas que templabas con un ladrillo recién salido del horno envuelto en una toalla. O que planchabas con la misma rapidez que exigías que nos metiéramos en la cama para que la tibieza no se escapara con tanta rapidez como se habían fugado los sueños. Nuestras bocas, ajenas a estrecheces y temperaturas hostiles, desprendían un vaho con el que tratábamos de esbozar formas. En nuestra imaginación letras o números que en realidad nada eran. Al calor del brasero de la mesa camilla hacíamos las caligrafías Rubio, copiábamos las láminas de dibujo de Emilio Freixas y diseñábamos cenefas de colores en los cuadernos Centauro. En el reverso de las hojas del calendario Riotinto, que la abuela nos daba cuando morían los meses, se apretaban sumas y restas de trazo impreciso. O monigotes ahorcados que pintábamos con rotuladores Carioca con la punta chupada para retrasar su último estertor. O, a escondidas de los ojos indiscretos de los mayores, corazones temblorosos con las iniciales de esos primeros amores nunca correspondidos.

En un lugar de la estantería quedó ese Quijote de Aguilar pagado a plazos. Y los libros Bruguera alineados con aire marcial. Ivanhoe. Fray Escoba. Miguel Strogoff. Bufallo Bill. Los teníamos por héroes sin saber que los de verdad estaban en casa. Incluso renegábamos de ellos. De sus besos estruendosos a la puerta del colegio. De los picores en la cabeza que provocaba el verdugo de lana. De llevar la boca cerrada por si entraba el frío o de llevar la muda siempre limpia por si teníamos un accidente. No entendíamos ese misterio pero no era tiempo de preguntas sino de obediencias. Heroínas que cantaban ‘María de la O’ mientras tendían los jerséis con coderas o  los esquijamas de fina pelotilla o vareaban en el patio la lana del colchón o recolectaban en una caja de zapatos morera para los gusanos de seda de sus hijos. Zurciendo medias con un huevo de madera hasta las tantas y levantada con el sol aún dormido para envolver los bocadillos del recreo. Héroes que daban cabezadas en la sobremesa después de varios lingotazos de aquel coñac que sólo era cosa de hombres. Y el ducados que se consumía aburrido por tanta desatención hasta que, como un minúsculo alud, la ceniza se derramaba sobre el plato de las sobras. Cuando padre aplastaba la brasa contra los restos del tocino el chisporroteo y el olor alertaban a madre. Desde el fregadero, sin necesidad de darse la vuelta para comprobar el desmán, le reconvenía con tono cansino sabedora de la inutilidad de sus reproches. Padre hablaba poco. A lo sumo soltaba alguna sentencia. ‘Nada debo rico soy’ decía a menudo. Muchas veces sin venir a cuento. O recitaba con orgullo la mítica delantera de ese Athletic que veneraba. Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza. O gritaba desaforado algún gol con el transistor pegado a la oreja dentro del tiempo reglamentario que aguantaba antes de rendirse a la modorra. Ronquidos que hubieran merecido ser catalogados en la escala de Richter. El primer domingo de mes, cuando el sueldo recién cobrado permitía esos lujos, pedíamos en el bar raciones de bravas y me daba unas monedas para la máquina de petaco. Luego subían ellas y entonces padre, que nunca delataba su sentir, dejaba caer el brazo sobre el hombro de madre como si posara un momento para hacer el retrato de una familia feliz.

Fotografías de tono sepia como esta tarde que se sumerge en un horizonte troquelado por antenas y edificios uniformes. También ahora mi brazo descansa sobre su hombro sin que sirva para ahuyentar este granítico silencio. Sobre la mesita una atractiva joven, que ha entrado con sigilo de fantasma, ha depositado un bodegón minimalista. Plato con vaso de agua, pastilla y servilleta. Una sonrisa ha bastado para entendernos. “No se preocupe señorita, ya se la doy yo”. Al salir ha dejado un aroma de primaveras. Como el de aquellos días de felicidad y de pan y quesito. De cielos negros y temibles tormentas que combatías con el rosario en la mano. De comidas a la sombra de la parra. De vino en porrón y pollo en pepitoria.  De partidas de parchís adulteradas por el codo de la abuela Paulina que desplazaba con él a su antojo las fichas. Y fumaba en las grandes ocasiones sin tragarse el humo. Y se llevaba la tartera a las bodas y comuniones. Viuda con treinta años y tres hijos. El abuelo Gregorio fusilado por orden de aquel guardia civil a quien acabada la guerra cogió de la pechera en una procesión de Semana Santa del pueblo. Y le gritó desgarrada que cómo podía rogar a Dios cuando le había dejado tan sola y desamparada ¿Qué Dios hubiera consentido eso? Y a pesar de todo, en casa y en misa, las dos le daban las gracias y le rezaban para que no faltara el trabajo. Y se imploraba a una virgen que nos llevaban a casa encerrada en una vitrina con flores de plástico y una ranura para echar un donativo. Ruegos para que se pudieran fregar tantas escaleras como para subir y bajar del cielo. Para despellejarse las rodillas limpiando suelos, ahogadas por los plazos de la tele y el olor del amoníaco, para aguantar carros y carretas, para seguir siendo pobres pero honrados.

La noche ha sobrevenido como un chaparrón de agosto. El interruptor ha activado la luz y a la vez sus parpadeos. Aprovecho su despertar para darle la medicación. Ni los años han podido con ese aspaviento al que recurre para digerirla. Ni con la sonrisa que siempre me provoca su brusco movimiento de cuello. Hoy no le han faltado fuerzas para repetirlo. Quizás las ha agotado todas en ese empeño. Por lo demás, apenas le robo algún monosílabo como respuesta. De repente su mano se posa sobre la mía con delicadeza de mariposa como si quisiera compensar con ese gesto su ausencia de vocabulario. Está templada pero no ha evitado que me sacuda un escalofrío al engarzar sus dedos con los míos. Ella no habla y yo no tengo palabras. Sólo certezas absolutas de que me faltaron en su momento, cuando con ellas se desataban sus emociones. Una dedicatoria por su cumpleaños, una redacción escolar, un dictado calificado con sobresaliente. Gratitudes olvidadas, afectos disimulados, deudas sin saldar que revolotean como las polillas en la cocina de casa. Desde el fogón llega el pitido de la olla, el olor del cocido del domingo, el repiqueteo de los cubiertos sobre la mesa... Madre, como siempre, ha sido la última en sentarse.

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