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Confesiones de un carca

Basta con verme, pero, por si acaso, vaya por delante mi confesión: no soy nada moderno. De alguien que todavía llama carretera de Valencia a la autovía del Este, que no entendió de Matrix ni los títulos de crédito y que llevó calcetines blancos con zapatos y se creía elegante tampoco se podía esperar gran cosa. Y eso que me compré un par de gafas con montura de pasta. Pues ni así se me quita este pelo de la dehesa ni este tinte sepia mucho más acusado cuando de política se trata. Ya sé que ahora se lleva la ‘tendencia desdén’ hacia esas antiguallas conocidas como derecha e izquierda.

Por cierto, algo tan transgresor que ya en 1960 un sociólogo americano (Daniel Bell) publicó un prolijo ensayo titulado ‘El fin de las ideologías’. Por no hablar del mucho más famoso de Fukuyama (‘El fin de la historia y el último hombre’) en el que daba por finiquitadas las ideologías absorbidas por el torrente de la economía. En síntesis, lo que se llama el pensamiento único. Por supuesto, no es que quiera uno competir con doctos profesores universitarios en citas de una profundidad asombrosa, pero uno también tiene su corazoncito y hasta algún prospecto de supositorio ya ha leído. Y ya que me he venido arriba también referir un breve pero ilustrativo texto de Bobbio, con veinte años ya de vida, en el que diseccionaba las diferencias entre las dos orillas políticas en tiempos que también se cuestionaban.

Es decir, nada nuevo bajo el sol. Únicamente, que no es poco, que ahora, en este país en que estos intelectuales de vanguardia se tornan belenestebanes de la política, que cargos públicos con muchos trienios se vuelcan contra este sistema del que tan bien han vivido y viven y de revolucionarios a tiempo parcial que toman el Palacio de Invierno a golpe de clic la cosa se expande como la pólvora. Uno, a pesar de que está el tiempo más de gripe, viene arrastrando desde hace días una preocupante inflamación de atributos. Ha tratado de curarse de ella en silencio, pero el médico le ha recetado con carácter de urgencia un desahogo. Hasta no faltado algún ex compañero de trabajo que, en un acto de osadía limítrofe en la desvergüenza, te acusa de dar pena por defender el sistema con esa coletilla del ‘quién te ha visto y quién te ve’.

Ay si yo hablara de cuando en la empresa se convocaba huelga. Ay si yo dijera dónde se escondían quienes hoy imparten magisterios de cómo enfrentarse al poder establecido ¿Y al gerente? ¿Quién se enfrentaba entonces? ¿Dónde estaba cada cual? ¿Dónde cuando lo que tienes que arriesgar es el jornal o el cargo en vez de tu reputación de enrollado progresista a través de un comentario en internet? Ya sé que el yugo de la nómina, las hipotecas a treinta años y el cole de los nenes son factores que acogotan a la hora de trasladar la revolución mundial a la oficina. Y como lo entiendo y ni tengo hipoteca ni hijos no me doy mérito alguno. Eso sí, argumentos todos, lecciones las justas. Creo estar donde estaba. En el respeto al adversario ideológico al que no insulto por discrepar ni por votar a quien quiera. En la creencia de que la política es una actividad digna y útil sólo si se ofrecen soluciones posibles a problemas reales. A estas alturas, ya sea por edad o hartazgo, no está uno para que le prometan un nuevo amanecer si no para que le digan, con los números en la mano, cómo le van a asegurar esa pensión por la que ha cotizado toda su vida.

A mi estas cursiladas del ‘vuestro odio, nuestra sonrisa’ me suena a cancioncilla de parroquia de aquellos tiempos en que se bebía mistela y tocar de refilón una teta era una proeza inconmensurable. Bien está conceder el beneficio de la duda a quien todavía no ha gobernado, pero esos mismos deberían abstenerse de dar absoluciones a los ciudadanos por haber votado a quien quisieron, ahorrarse la arrogancia de creerse en la posesión de la verdad y menospreciar a todo aquel que no le haga la ola a sus estrellas mitineras como si la política en vez de hacerse en el BOE se hiciera en la Superpop. Yo ya no estoy para pellizcar el culo al líder ni para más iluminaciones que las que me exige la ITV en el coche. Debe ser eso, que doy pena, que soy un hombre sin ilusiones aunque todavía me queden fuerzas para decir que me tengo por un ciudadano de izquierdas y no me avergüenza en absoluto decirlo. Nunca lo he hecho. Será porque mi misión no es captar votos sino vivir razonablemente tranquilo con mi conciencia.

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