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La saturación al poder

Con la efervescencia política me pasa como con la fe religiosa. La envidio pero no la comparto. En ambos casos no se me puede acusar de hablar sin conocimiento de causa. No a quien con veinte años tenía en la habitación un póster de Felipe González y hasta los dieciséis mas ó menos iba, obligado, bien es cierto, a misa. En el caso de la escasa creencia en el más allá lo achaco a que mi naturaleza es primordialmente del más acá. El nulo entusiasmo por los cantos de sirena que llaman a subvertir el orden establecido acaso tengan que ver más con la experiencia tanto vital como profesional. A veces pienso que los contagiados por esta efusividad −de la que no soy partícipe pero que, faltaría más, no objeto a nadie− creen que, como se decí ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽deccomo laboral orden establecidoelevisiones y redes sociales s acaso tengan que ver muede acusar de hablar sin conociíaíaía antaño de la letra, la ilusión con sangre entra. Es decir que si no te convence la proclama porque, prosaico tú, eres más de programa, no es porque tengas derecho a opinar de otra manera sino porque eres esbirro de la casta, estómago agradecido del régimen imperante o, ms ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽r de hablar sin conociasta, esto a opinar de otra manera nce la proclama porque, prosaico tacusar de hablar sin conociás sencillo, un facha.

A mi, que conocí en primera persona, los ataques dominicales de los nazis al Rastro de Madrid o los desmanes de los guerrilleros de Cristo Rey, me apena la ligereza con la que se usa este término. No es que me importe a estas alturas de mi vida qué piense el prójimo de mi ni que tenga exhibir una trayectoria que se ha limitado en cada momento a pensar por mi cuenta (y a veces riesgo). Simplemente, como decía, me provoca gran desolación haber caminado tanto para llegar al mismo sitio. Y no es otro que aquel en el que los debates para intercambiar ideas se antojan ridículos al lado de las broncas en las que sólo se cruzan insultos. Y de eso no están libres ni quienes hoy creen representar el advenimiento de una nueva época ni quienes defienden a ultranza la anterior. Ni siquiera, por reiterativo y ocioso, merece la pena recordar el vomitivo uso que han hecho del sistema democrático algunos golfos. Gentuza indeseable que sólo provocan el desprecio más absoluto. Eso ya lo sabemos todos. Ahora falta, o al menos yo lo echo de menos, que quienes de autoproclaman diferentes digan, con puntos y comas, cómo van a llevar a cabo lo que prometen porque lo contrario sería engañar con carácter preventivo.

Por mi parte pido tan poco que no quiero un líder para serigrafiar en una camiseta. Me bastan gestores honestos y justos que utilicen mis impuestos para aminorar las desigualdades sociales. Quienes hablan de casta, así sin matices, ya sea por edad o por un origen social más acomodado que el mío, deberían saber, y seguro que lo saben tan universitarios y doctores que son, que política en este país también fue facilitar que los hijos de una familia proletaria llegaran a la Universidad o que cambiaran una chabola llena de humedades por una vivienda digna a un precio asequible. Doy fe biográfica de ello. Y yo de eso no pienso renegar armado de la brocha del todos son iguales. A mi, quizás por eso, no me basta el disparate de asegurar que no vas a pagar la deuda que tiene tu país, tampoco que luego ya quieras matizar que ese impago se queda en reordenación, no es suficiente pregonar que vas a rebajar la edad de jubilación a los 60 años si demográfica y económicamente es imposible como luego también se ha matizado. Al menos a mi, como digo, con eso no me llega.

Si de lo que se trata es de generar un estado de ánimo están de enhorabuena aunque, obvio es reconocerlo, no se apuntale tanto en el mérito propio como en la imperdonable torpeza ajena de dos partidos que han dilapidado no sólo votos sino algo mucho más importante: credibilidad y confianza. A lo máximo que puedo llegar con quienes vienen, o dicen venir, inmaculados es al beneficio de la duda. Sin embargo me escama que el partido que más presume de asambleario sea tan personalista o que quien tanto dice acosar al sistema establecido se preste a ser estrella mediática en empresas de grandes capitalistas a quienes se quiere combatir. Tan poderoso es el sistema como para absorber también eso. Uno, sinceramente, no veía al malogrado José Manuel Lara ni a Berlusconi, si pudiera hacerlo, depositar su confianza en la urna en el nuevo partido. No obstante las parrillas de sus empresas se saturan con quienes les dan audiencia a cambio de notoriedad. No tengo claro si el fin, según la circunstancia, justifica los medios, pero lo que sí veo nítido es que una cosa es citar a Marx o a Weber en un plató y otra bien distinta es gobernar no con lo que se quiere sino con lo que se tiene.  

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